—Pues es preciso que te enmiendes si quieres seguir en mi compañía. ¿Estás enferma?

—No.

—¿Estás enamorada?

—¡Oh, no, tampoco! —contestó la actriz con turbación.

—Apuesto a que por atender demasiado a alguna persona de las lunetas, no acertabas con los versos de la comedia.

—No, Isidoro, te equivocas —dijo mi ama afectando buen humor.

—Lo raro es que en las escenas que siguieron, sobre todo en la de D. Mendo, hiciste perfectamente tu papel; pero luego en el tercer acto, cuando te tocó otra vez declamar conmigo, vuelta a las andadas.

—¿Dije mal el parlamento del bosque?

—No, al contrario, recitaste con buena entonación los versos

¿Dónde voy sin aliento,