—¿Porque he representado mal esta tarde? —contestó el actor—. Pepilla tiene la culpa.
—No es eso —continuó la dama—, y me las pagará usted todas juntas.
Al oír esto, Isidoro inclinó la cabeza. Lesbia acercó su rostro y habló tan bajo, que ni yo ni los demás entendimos una palabra; pero por la sonrisa de Máiquez se adivinaba que la dama le decía cosas muy dulces. Después continuaron hablando en voz baja, y el uno atendía a las palabras del otro con tal interés, daban tanta fuerza y energía al lenguaje de los ojos, se ponían serios o joviales, tristes o alborozados con transición tan ansiosa y brusca, que al menos listo se le alcanzaba la injerencia del travieso amor en las relaciones de aquellos dos personajes.
Para que todo se sepa de una vez, diré que el diplomático no miraba con malos ojos a la González; esta no podía contestar a sus tiernas insinuaciones, porque harto tenía que hacer atendiendo al íntimo diálogo que sostenían Lesbia e Isidoro. A mi ama un color se le iba y otro se le venía de pura zozobra; a veces parecía encendida en violenta ira; a veces, dominada por punzante dolor, pugnaba por distraerlos, ingiriendo en su conversación conceptos extraños, y al fin, no pudiendo contenerse, dijo con muy mal humor:
—¿No concluirá tan larga confesión? Si siguen ustedes así, entonaremos todos el yo pecador.
—¿Y a ti qué te importa? —dijo Máiquez con semblante sañudo y con aquel despótico tono que usaba con los desdichados subalternos de su compañía.
Mi ama se quedó perpleja, y en un buen rato no dijo palabra.
—Tienen que contarse muchas cosas —dijo Amaranta con malicia—. Lo mismo sucedió el otro día en casa. Pero estas cosas pasan, señor Máiquez. El placer es breve y fugaz. Conviene aprovechar las dulzuras de la vida, hasta que el horrible hastío las amargue.
Lesbia miró a su amiga... Mejor dicho, ambas se miraron de un modo que no indicaba la existencia de una apacible concordia entre una y otra.
El secreteo entre Isidoro y la dama continuaba cada vez más íntimo, más ardoroso, más impaciente. Parecía que el tiempo se les abreviaba entre palabra y palabra, no permitiéndoles decirlo todo. Amaranta se aburría, el marqués dirigía con ojos y boca inútiles flechas al enajenado corazón de mi ama, y esta cada vez más inquieta, mostrando en su semblante ya la interna rabia de los celos, ya la dolorosa conformidad del martirio, no procuraba entablar conversación, ni parecía cuidarse de sus convidados. Pero al fin el marqués, comprendiendo que aquella era ocasión propicia para hablar, aunque fuera ante mujeres, de su tema favorito, que eran los asuntos públicos, rompió el grave silencio y dijo: