—La verdad es que estamos aquí divirtiéndonos, y a estas horas tal vez se preparan cosas que mañana nos dejarán a todos asombrados y lelos.

Hallándose mi ama, como he dicho, absorta entre el despecho y la resignación, se dejó dominar del primero, que la inducía a trabar otro diálogo íntimo con el diplomático, y dijo con viveza:

—¿Pues qué pasa?

—Ahí es nada... Parece mentira que estén ustedes con tanta calma —contestó el marqués, retardando el dar las noticias.

—Dejemos esas cuestiones que no son de este lugar —dijo la sobrina con hastío.

—¡Oh, oh, oh! —exclamó con grandes aspavientos el diplomático—. ¡Por qué no han de serlo! Yo sé que Pepa desea vivamente saber lo que pasa, y saberlo de mis autorizados labios: ¿no?

—Sí, muchísimo: quiero que usted me cuente todo —dijo mi ama—. Esas cosas me encantan. Estoy de un humor... divertidísimo: hablemos, hablemos, señor marqués.

—Pepa, usted me electriza —dijo el marqués clavando en ella con amor sus turbios y amortiguados ojos—. Tanto es así, que yo, a pesar de haberme distinguido siempre, durante mi carrera diplomática, por mi gran reserva, seré con usted franco, revelándole hasta los más profundos secretos de que depende la suerte de las naciones.

—¡Oh! me encantan los diplomáticos —dijo mi ama con cierta agitación febril—. Hábleme usted, cuénteme todo lo que sepa. Quiero estar hablando con usted toda la noche. Es usted, señor marqués, la persona de conversación más dulce, más amena, más divertida que he tratado en mi vida.

—Nada te dirá, Pepa, sino lo que todo el mundo sabe —indicó Amaranta—, y es que a estas horas las tropas de Napoleón deben de estar entrando en España.