—¡Oh, qué cosa más linda! —dijo mi ama—. Hable usted, señor marqués.
—Sobrina, ¿acabarás de apurarme la paciencia? —exclamó el marqués, dando importancia extraordinaria al asunto—. No se trata de que entren o no entren esas tropas, se trata de que van a Portugal a apoderarse de aquel reino para repartirlo...
—¿Para repartirlo? —dijo la González con su calenturienta jovialidad—. Bien: me alegro. Que se lo repartan.
—Lindísima Pepa, esas cosas no pueden decidirse tan de ligero —dijo el marqués gravemente—. ¡Oh, usted aprenderá conmigo a tener juicio!
—Es cierto —añadió Amaranta— que se ha acordado dividir a Portugal en tres pedazos: el del Norte se dará a los reyes de Etruria; el centro quedará para Francia y la provincia de Algarbes y Alentejo servirá para hacer un pequeño reino, cuya corona se pondrá el Sr. Godoy en la cabeza.
—¡Patrañas, sobrina, patrañas! —dijo el marqués—. Eso es lo que dio tanto que hablar el año pasado; pero ¿quién se acuerda ya de semejante combinación? Tú no estás al tanto de lo que pasa... Por supuesto, no necesito repetir que es preciso guardar absoluto secreto sobre lo que voy a decir.
—¡Ah! descuide usted —repuso mi ama—. En cuanto a mí, estoy encantada de esta conversación.
—El año pasado Godoy trató de ese asunto, por medio de Izquierdo, su representante reservado, con Napoleón. Parece que la cosa estaba arreglada. Pero de repente el emperador pareció desistir, y entonces D. Manuel, ofendido en su amor propio y viendo defraudadas sus esperanzas, quiso mostrarse fuerte contra Napoleón, publicó la famosa proclama de octubre del año pasado, y envió un mensajero secreto a Inglaterra, para tratar de adherirse a la coalición de las potencias del Norte contra Francia. Esto lo tengo yo muy sabido... porque ¿qué secreto puede escaparse a mi penetración y consumada experiencia de estos arduos negocios? Bien... así las cosas, venció Napoleón a los prusianos en Jena, y ya tenemos a nuestro D. Manuel asustadizo y hecho un lego motilón, temiendo la venganza del que había sido gravemente ofendido con la publicación de la proclama, considerada aquí y en Francia como una declaración de guerra. Envió a Izquierdo a Alemania, para implorar perdón, y al fin le fue concedido; pero no se volvió a hablar más del reparto de Portugal, ni de la soberanía de los Algarbes. He aquí, señoras, la pura verdad. Yo, por mis antecedentes y mis conocimientos, estoy al tanto de todos estos asuntos, pues al paso que los atisbo y escudriño aquí, no falta algún diplomático extranjero que me los comunique con toda reserva. Hoy no se habla ya del reparto de Portugal, señora sobrinita. Lo que ocurre es mucho más grave, y... pero no, no somos dueños de comunicar a nadie ciertas cosas. Callaré hasta que el gran cataclismo se haga público... ¿Aprueba usted mi discreción, querida Pepa? ¿Conviene usted conmigo en que la reserva es hermana gemela de la diplomacia?
—¡Oh, la diplomacia! —exclamó mi ama con afectación—. Es cosa que me tiene enamorada. ¡La pérfida Albión! ¡Los tratados! ¡Bonaparte! ¡La coalición! ¡Oh, qué asuntos tan divinos! Confieso que hasta aquí me han aburrido mucho; pero ahora... esta noche, rabio por conocerlos, y esta conversación, señor marqués, me tiene embelesada.
—Es verdad —dijo el diplomático relamiéndose de satisfacción—, que pocas personas tratan de estas materias con tanta delicadeza, con tanta prudencia, digámoslo de una vez, con tanta gracia como yo. Cuando estaba en Viena por el año 84 todas las damas de la corte me rodeaban, y si vieran ustedes cómo pasaban el rato oyéndome...