—Lo comprendo: lo mismo me pasa a mí esta noche —dijo mi ama sin cesar en extraña exaltación—. Por piedad, hábleme usted del Austria, de la Turquía, de la China, del protocolo y de la guerra; sobre todo de la guerra.

—Dejemos a un lado por esta noche tan fastidiosa conversación —indicó Amaranta—. No creo que usted, querido tío, sea de la ridícula opinión que supone a Godoy intentando, con el auxilio de Bonaparte, mandar a América a la Real familia, quedándose él de Rey de España.

—Sobrina, por todos los santos, no me incites a hablar; no me hagas olvidar el gran principio de que la discreción es hermana gemela de la diplomacia.

—Es absurdo también —continuó la sobrina— suponer que Napoleón haya mandado sus tropas a España para poner la corona al príncipe Fernando. El heredero de un trono no puede solicitar el favor de un soberano extranjero para ningún fin contrario a los de sus reales padres.

—Vamos, vamos, señoras, asuntos tan graves no pueden tratarse de ligero. Si yo me decidiera a hablar, se quedarían ustedes espantadas, y no podríamos cenar.

A esta sazón ya había venido la cena, y yo comenzaba a servirla. Isidoro y Lesbia, requeridos por mi ama para que se acercaran a la mesa, dieron tregua al arrobamiento y tomaron parte por un rato en la conversación general.

—¿Pero, qué hablan ustedes? —dijo Lesbia—. ¿Hemos venido aquí para ocuparnos de lo que no nos importa? ¡Bonito tema!

—¿Pues de qué quiere usted que se hable, desgraciada?

—De otras cosas... vamos; de bailes, de toros, de comedias, de versos, de vestidos...

—¡Qué sosada! —indicó mi ama con desdén—. Además, ustedes pueden tratar de lo que gusten, y nosotras hablaremos de lo que más nos convenga.