—Ya veo por qué anda Pepa tan distraída —dijo Máiquez burlándose de mi ama—. Se ha dedicado a estudiar la política y la diplomacia, carreras más propias de su ingenio que la del teatro.
Mi ama intentó contestar a esta mofa, pero las palabras expiraron en sus labios y se puso muy encendida.
—Aquí venimos a divertirnos —añadió Lesbia.
—¡Oh, frívola y vana juventud! —exclamó el marqués después de beberse un gran vaso de vino.—No piensa más que en divertirse, cuando la Europa entera...
—Dale con la Europa entera.
—Pepa es la única que comprende la gravedad de las circunstancias. Usted, encantadora actriz, será de las pocas que, como yo, no se sorprendan del cataclismo.
—¿Querrá usted explicarnos de una vez lo que va a pasar?
—¡Por Dios y todos los santos! —exclamó el diplomático, afectando cierta compunción suplicante—. Yo les ruego a ustedes que no me obliguen con sus apremiantes excitaciones a decir lo que no debe salir de mis labios. Aunque tengo confianza en mi propia prudencia, temo mucho que si ustedes siguen hostigándome, se me escape alguna frase, alguna palabra... Callen ustedes por Dios, que la amistad tiene en mí fuerza irresistible, y no quiero verme obligado por ella a olvidar mis honrosos antecedentes.
—Pues callaremos: no deseamos saber nada, señor marqués —dijo Máiquez, comprendiendo que el mejor medio para mortificar al buen viejo consistía en no preguntarle cosa alguna.
Hubo un momento de silencio. El marqués, contrariado en su locuacidad, no cesaba de engullir, entablando relaciones oficiosas con un capón, e impetrando para este fin los buenos oficios de una ensalada de escarola, que le ayudaba en sus negociaciones. Mientras tanto se deshacía en obsequios con mi ama, y sus turbios ojos, reanimados no sé si por el vino o por el amor, brillaban entre los arrugados párpados y bajo las espesas cenicientas cejas, que contraía siempre, en virtud de la costumbre de leer la vieja letra de los memorandums. La González no decía tampoco una palabra, y solo ponía su reconcentrada atención, aunque sin mirarlos, en los dos amantes, mientras que Amaranta, agitada sin duda por pensamientos muy diferentes, no miraba a Isidoro ni a Lesbia, ni a mi ama, ni a su tío, sino... ¿tendré valor para decirlo? me miraba a mí. Pero esto merece capítulo aparte, y pongo punto final en este para descansar un poco.