VII
Sí, ¿lo creerán ustedes? me miraba, ¡y de qué modo! Yo no podía explicarme la causa que motivaba aquella tenaz curiosidad, y si he de decir verdad como hombre honrado, aún hoy no he salido de dudas. Yo servía a la mesa, como es de suponer, y no pueden ustedes figurarse cuál fue mi turbación cuando advertí que aquella hermosa dama, objeto por parte mía de la más fervorosa admiración, fijaba en mí los ojos más perfectos, que, según creo, se han abierto a la luz desde que hay luz en el mundo. Un color se me iba y otro se me venía; a veces mi sangre toda corría precipitadamente hacia mi semblante poniéndome encendido y a veces se recogía por entero en mi palpitante corazón, dejándome más pálido que un difunto. Ignoro el número de fuentes que rompí aquella noche, pues las manos me temblaban, y creo que serví de un modo lamentable, trocando el orden de los platos, y dando sal cuando me pedían azúcar.
Yo decía para mí: ¿qué es esto? ¿Tendré algo en la cara? ¿Por qué me mirará tanto esa mujer?... Al salir fuera, iba a la cocina, me miraba a toda prisa en un espejillo roto que allí tenía; mas no encontraba en mi semblante nada que de notar fuese. Volvía a la sala, y otra vez Amaranta me clavaba los ojos. Por un instante llegué a creer... ¡pero quiá! me reía yo mismo de tan loca presunción. Cómo era posible que una dama tan hermosa y principal sintiera... ¡Ay! recuerdo haber dicho, aunque al revés, lo que después escribió en un célebre verso cierto poeta moderno. Pero todo debía ser un sueño de mi infantil soberbia. ¿Cómo podía la estrella del cielo mirar al gusano de la tierra, sino para recrearse, comparando, en su propia magnitud y belleza?
Pero debo añadir otra circunstancia, y es que cuando mi ama me reprendía por las muchas torpezas que cometí en el servicio de la mesa, Amaranta acompañaba sus miradas de una dulce sonrisa, que parecía implorar indulgencia por mis faltas. Yo estaba perplejo, y un violento fluido que parecía súbito acrecentamiento de vida, corría por mis nervios, produciéndome una actividad devoradora a la cual seguía un vago aturdimiento.
Después de largo rato la conversación, anudándose de nuevo, fue general. El marqués, viendo que no se le preguntaba nada, estaba en gran desasosiego, y a los rostros de todos dirigía con inquietud sus ojos buscando una víctima de su conversación; pero nadie parecía dispuesto a escucharle, con lo cual lleno de enojo, tomó la palabra para decir que si continuaban apremiándole para que hablara, se vería en el caso de no poner segunda vez a prueba su discreción concurriendo a tertulias donde no reinaba el más profundo respeto hacia los secretos de la diplomacia.
—Pero si no le hemos dicho a usted una palabra —indicó Lesbia riendo.
Isidoro, conociendo que el marqués era enemigo de Godoy, dijo con mucha sorna:
—No se puede negar que el Príncipe de la Paz, como hombre de gran talento, burlará las intrigas de sus enemigos. Napoleón le apoya, y no digo yo la coronita de los Algarbes, sino la de Portugal entero o quizás otra mejor recibirá de manos de Su Majestad Imperial. Conozco a Napoleón, le he tratado en París, y sé que gusta de los hombres arrojados como Godoy. Verá usted, verá usted, señor marqués, todavía le hemos de ver a usted llamado a los consejos del nuevo rey, y tal vez representándole como plenipotenciario en alguna de las cortes de Europa.
El marqués se limpió la boca con la servilleta, echose hacia atrás, sopló con fuerza, desahogando la satisfacción que le producía el verse interpelado de aquel modo, fijó la vista en un vaso, como buscando misterioso punto de apoyo para una sutil meditación, y dijo con mucha pausa:
—Mis enemigos, que son muchos, han hecho correr por toda Europa la especie de que yo llevaba correspondencia secreta con el Príncipe de Talleyrand, con el Príncipe Borghese, con el Príncipe Piombino, con el gran duque de Aremberg y con Luciano Bonaparte en connivencia con Godoy, para estipular las bases de un tratado en virtud del cual España cedería las provincias catalanas a Francia a cambio de Portugal y el reino de Nápoles... pasando Milán a la reina de Etruria, y el reino de Westfalia a un infante de España. Yo sé que esto se ha dicho —añadió alzando la voz y dando un fuerte puñetazo en la mesa—. ¡Yo sé que esto se ha dicho: ha llegado a mis oídos, sí, señor! Los calumniadores lo hicieron creer a los soberanos de Austria y Prusia; se me interpeló sobre el caso, Rusia no titubeó en hacerse eco de la calumnia, y fue preciso que yo empleara todo mi valimiento y tacto para disipar las densas nubes que se habían acumulado en el horizonte de mi reputación.