Al decir esto, el marqués empleaba el mismo tono que habría usado ante un Congreso de los principales políticos de Europa. Después de sonarse con estrépito, prosiguió de esta manera:

—Afortunadamente soy bien conocido, y al fin... tengo la satisfacción de haber sido objeto de las más satisfactorias frases por parte de los soberanos citados. ¡Ah!... ya sé yo el objeto que guió a los calumniadores y el sitio de donde partió la calumnia. En casa de Godoy se inventó esa trama abominable con objeto de ver si, autorizada con mi nombre, podía esa combinación correr con alguna fortuna por Europa. Pero tan inicuos planes quedaron sin éxito, como era de suponer, y la Europa entera convencida de que el Príncipe de la Paz y yo no podemos obrar de concierto en negocio alguno de interés general para las grandes potencias.

—¿De modo —dijo Isidoro— que usted no es, como dicen, amigo secreto de Godoy?

El diplomático frunció el ceño, sonrió con desdén, llevó un polvo a la nariz y continuó así:

—¿Qué incongruentes especies no inventará la calumnia? ¿Qué torpes ardides no imaginarán la astucia y la doblez contra la prudencia y el saber? Mil veces me han hecho esos cargos, y mil veces los he rebatido. Pero es fuerza que repita ahora lo que en otras ocasiones he dicho. Había hecho propósito solemne de no ocuparme más de este asunto; pero la terquedad de mis amigos y la obcecación del público me obligan a ello. Hablaré claro: si en el calor de mi defensa hago revelaciones que puedan sonar mal en ciertos oídos, cúlpese a los que me han provocado, no a mí, que todo debo posponerlo al brillo de mi inmaculada reputación.

Lesbia, Isidoro y mi ama hacían esfuerzos para contener la risa, al ver el énfasis con que nuestro hombre defendía, contra imaginarias acusaciones, una personalidad de que nadie se ocupaba sino él. Amaranta parecía meditabunda, mas sus reflexiones no le impedían fijar alguna vez en mí sus incomparables ojos.

—En el año de 1792 —dijo el viejo—, cayó del ministerio el conde de Floridablanca, que se había propuesto poner coto a los estragos de la revolución francesa. ¡Ah! El vulgo no conoció la mano oculta que había arrojado de la Secretaría de Estado a aquel hombre insigne, envejecido en servicio del Rey. ¿Pero cómo podía ocultarse a los hombres perspicaces la máquina interior de aquel cambio de Ministerio? Un joven de veinticinco años a quien los Reyes miraban con particular afecto, y que tenía frecuente entrada en Palacio, y que hasta en los consejos influyó en el cambio de Ministerio, y en la elevación del señor conde de Aranda. ¿Tuve yo participación en aquel suceso? No, mil veces no: hallábame a la sazón agregado a la Embajada española, cerca del Emperador Leopoldo, y no pude de ningún modo influir para que desempeñara el Ministerio mi amigo el conde de Aranda. Pero ¡ay! este duró poco en el poder, porque nuevas maquinaciones le derribaron, y en noviembre del mismo año España y el mundo todo vieron con sorpresa que era elevado a la primera dignidad política aquel mismo joven de veinticinco años, ya colmado de honores inmerecidos, tales como el ducado de la Alcudia y la grandeza de España de primera clase, la gran cruz de Carlos III, la cruz de Santiago, los cargos de ayudante general del Cuerpo de Guardias, mariscal de campo de los reales ejércitos, gentilhombre de cámara de S. M. con ejercicio, sargento mayor del real cuerpo de Guardias de Corps, consejero de Estado, superintendente general de Correos y Caminos, etc., etc. Empuñó Godoy las riendas del Estado en tiempos muy críticos; todos los hombres de previsión comprendíamos la proximidad de grandes males, e hicimos lo posible por conjurarlos. El torpe duque de la Alcudia declaró la guerra a Francia, contra la opinión de Aranda y de todos cuantos teníamos alguna experiencia en los negocios. ¿Se nos hizo caso? No. ¿Se oyeron nuestros consejos? No. Pues veamos ahora lo que ocurría después de hecha la paz con Francia.

»El Rey continuaba acumulando en la persona de su favorito toda clase de honores y distinciones, y por fin le enlazó con una princesa de la familia real. Tanto favor dispensado a un hombre nulo y que en los más indignos hechos buscaba ocasión de medro, produjo la animadversión y el descontento de todos los españoles. La caida de un favorito que había desconcertado el Erario público y desmoralizado la justicia vendiendo los destinos, era segura. Y aquí debo decir, aunque por un momento falte a las leyes de mi sistemática reserva; que yo nada influí para que entraran en los ministerios de Hacienda y Gracia y Justicia Saavedra y Jovellanos. Ruego a ustedes que no revelen este secreto, que hoy por primera vez sale de mis labios.

—Seremos tan callados como guardacantones, señor marqués —dijo Isidoro.

—Pero la cosa no tenía remedio —continuó el diplomático dirigiendo sus ojos a todos los lados de la sala, como si le oyera gran número de personas—. Jovellanos y Saavedra no podían concertarse en el Gobierno con quien ha sido siempre la misma torpeza y la corrupción en persona. La república francesa trabajaba en contra del favorito. Jovellanos y Saavedra se empeñaron en desprenderse de tan peligroso compañero, y al fin el Rey, cediendo a tantas sugestiones y a la voz popular, dio a Godoy su retiro en marzo de 1798. Yo declaro aquí de una vez para siempre, que no tuve participación en su caida, como han dado en suponer. Y esta sería ocasión de decir algo que sé, y que siempre he callado; pero... no, no fío bastante en la prudencia de los que me escuchan, y prefiero guardar silencio sobre un punto delicado que nadie conoce. Conste tan solo que no contribuí a la caida de Godoy en 1798.