No puedo asegurarlo; pero creo que sin mirarla, contesté:
—Sí, señora.
—¿Y no desearías cambiar de ama? ¿No deseas encontrar colocación en otra parte?
Tampoco aseguro que sea cierto, pero me parece que respondí:
—Según con quién fuera.
—Tú pareces un chico de disposición —añadió con una sonrisa que parecía abrir el cielo ante mis ojos.
A esto sí que estoy seguro de no haber contestado una palabra. Después de una breve pausa, en que mi corazón parecía querer echárseme fuera del pecho, tuve un arranque de osadía, que hoy mismo me causa asombro, y dije:
—¿Es que quiere usía tomarme a su servicio?
Al oírme, Amaranta prorrumpió en graciosa carcajada, y yo me quedé perplejo, creyendo haber dicho alguna inconveniencia. Al punto salí de la sala con mi carga de platos: en la cocina procuré calmar mi turbación, tratando de explicarme los sentimientos de Amaranta respecto a mí, y después de mil dudas, dije:
—Mañana mismo le contaré todo a Inés, y veremos lo que ella piensa.