VIII

Cuando regresé a la sala, la escena continuaba la misma, pero la llegada de un nuevo personaje iba a variarla por completo. Oímos ruido de alegres voces y como preludios de guitarra en el portal, y después entró un joven a quien diferentes veces había yo visto en el teatro. Acompañábanle otros; pero se despidieron en la puerta, y él subió solo, mas haciendo tanto ruido, que no parecía sino que un ejército se nos metía en la casa. Me acuerdo de que aquel joven vestía el traje popular, esto es, un rico marsellés, gorra peluda de forma semejante a la de los sombreros trípicos, pero mucho más pequeña, y capa de grana con forros de felpa manchada. Al verlo con esta facha, no crean ustedes que era algún manolo de Lavapiés o chispero de Maravillas, pues los arreos con que lo he presentado cubrían la persona de uno de los principales caballeros de la corte; solo que este, como otros muchos de su época, gustaba de buscar pasatiempo entre la gente de baja estofa, y concurría a los salones de Polonia la Aguardentera, Juliana la Naranjera, y otras célebres majas de que se hablaba mucho entonces. En sus nocturnas correrías usaba siempre aquel traje que, en honor de la verdad, le caía a las mil maravillas.

Pertenecía aquel joven a la Guardia Real, y sus conocimientos no traspasaban más allá de la ciencia heráldica, en que era muy experto, del arte del toreo y la equitación. Su constante oficio era la galantería arriba y abajo, en los estrados y en los bailes de candil. Parecían escritos expresamente para él los famosos versos:

Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas

de pardomonte envuelto...

—¡Oh, D. Juan! —exclamó Amaranta, al verle entrar—. Bienvenido sea el Sr. de Mañara.

Animose la reunión como por encanto con la entrada de aquel joven, cuyo carácter jovial y bullanguero se manifestó desde el primer momento. Advertí que el rostro de Amaranta adquiría de súbito extraordinaria viveza y malicia.

—Sr. de Mañara —dijo con gran desenfado—, llega usted a tiempo. Lesbia le echaba a usted de menos.

Lesbia miró a su amiga de un modo terrible, mientras Isidoro parecía dominado por violenta cólera.

—Aquí, D. Juan, siéntese usted a mi lado —indicó mi ama con alegría, señalando a Mañara la silla que tenía a la izquierda.