—No creí encontrar a usted aquí, señora duquesa —dijo el petimetre dirigiéndose a Lesbia—. He venido, sin embargo, impulsado por la voz de mi corazón; ya veo que el corazón no se equivoca siempre.
Lesbia estaba bastante turbada, mas no era mujer a quien arredraban las situaciones críticas, así es que entre ella y Mañara hubo un verdadero tiroteo de dichos agudos, risas y epigramas. Máiquez estaba cada vez más intranquilo.
—Esta es noche de suerte para mí —dijo D. Juan sacando un bolsillo de seda—. He estado en casa de la Primorosa, y allí he ganado cerca de dos mil reales.
Diciendo esto, vació el oro sobre la mesa.
—¿Había allí mucha gente? —preguntó Amaranta.
—Mucha; mas la marquesita no pudo ir porque estaba con dolor de muelas. ¡Ah! nos hemos divertido.
—Para usted —dijo Amaranta con verdadero ensañamiento en su malicia— no hay diversión allí donde no está Lesbia.
Esta volvió a dirigir a su amiga terrible mirada.
—Por eso he venido.
—¿Quiere usted seguir probando fortuna? —dijo mi ama—. La baraja, Gabriel; trae la baraja.