Hice lo que se me mandaba, y los oros, las espadas, los bastos y las copas se entremezclaron bajo los dedos del petimetre, que barajaba con toda la rapidez que da la experiencia.
—Sea usted banquero.
—Bien; ahí va.
Cayeron las primeras cartas: todos los personajes sacaron su dinero; fijáronse ansiosas miradas en los terribles signos, y comenzó el juego.
Por un momento no se oyeron más que estas breves y elocuentes frases: «¡Tres duros al caballo... Yo no abandono a mi siete de espadas... Bien, por el rey... Gané... Perdí... Diez a mí... Maldita sota!»
—Mala suerte tiene usted esta noche, Máiquez —dijo Mañara, recogiendo el dinero del actor, que ni una vez apuntaba sin perder cuanto ponía.
—¡Y yo qué buena! —dijo mi ama recogiendo sus monedas, que ascendían ya a una respetable cantidad.
—¡Oh, Pepa; para usted es toda la suerte! —exclamó el banquero—. Pero dice el refrán: «Afortunado en el juego, desgraciado en amores.»
—En cambio, usted —dijo Amaranta— puede decir que es afortunado en ambos juegos. ¿Verdad, Lesbia?
Y luego, dirigiéndose a Isidoro, que perdía mucho, añadió: