—Para usted, pobre Máiquez, sí que no se ha hecho aquel refrán; porque usted es desgraciado en todo. ¿Verdad, Lesbia?
El rostro de esta se encendió súbitamente. Me pareció que la vi dispuesta a contestar con violencia a su amiga; pero se contuvo y la tempestad quedó conjurada por algún tiempo. El marqués perdía siempre, pero no paró de jugar mientras tuvo una peseta en su bolsillo. No así Máiquez, que una vez desvalijado, recibió un préstamo del banquero, y así siguió el juego hasta más de la una, hora en que comenzaron a hablar de retirarse.
—Debo a usted treinta y siete duros —dijo Máiquez.
—Y por fin —preguntó el petimetre—, ¿cuál es la función escogida para representarse, en casa de la señora marquesa?
—Ya está acordado que sea Otello.
—¡Oh! me parece bien, amigo Isidoro. Me entusiasma usted en el papel de celoso —dijo Mañara.
—¿Querría usted hacer el de Loredano? —preguntó el actor.
—No, es papel muy desairado. Además, no sirvo para el teatro.
—Yo le enseñaré a usted.
—Gracias. ¿Ya ha enseñado usted a Lesbia su papel?