—Lo sabe perfectamente.
—Cuánto deseo que llegue esa noche —dijo Amaranta—. Pero diga usted, Isidoro, si le ocurriera a usted un lance como el de Otello, si se viera engañado por la mujer que ama, ¿sentiría usted aquel terrible furor? ¿Sería capaz de matar a su Edelmira?
Esta flecha iba dirigida a Lesbia.
—¡Quiá! —exclamó Mañara—. Eso no pasa nunca sino en el teatro.
—No mataría a Edelmira; pero sí a Loredano —repuso Máiquez con firmeza, clavando enérgica mirada en el petimetre.
Hubo un momento de silencio, durante el cual pude advertir perfectamente las señales de la más reconcentrada rabia en el rostro de Lesbia.
—Pepa, no me has obsequiado esta noche —dijo Mañara—. Verdad es que he cenado; pero son las dos, hija mía.
Serví de beber al joven, y habiéndome retirado, oí desde fuera el siguiente diálogo. Mañara, alzando una copa llena hasta los bordes, dijo:
—Señores: brindo por nuestro querido Príncipe de Asturias: brindo por que la santa causa que representa tenga dentro de pocos días el éxito más completo: brindo por la caida del favorito y el destronamiento de los Reyes Padres.
—Muy bien —exclamó Lesbia aplaudiendo.