—Creo que estoy entre amigos —continuó el joven—. Creo que un fiel súbdito del nuevo Rey puede sin recelo manifestar aquí alegría y esperanza.
—¡Qué horror! ¿Está usted loco? Prudencia, joven —dijo el diplomático escandalizado—. ¿Cómo se atreve usted a revelar?...
—Cuidado —dijo Lesbia con mucha viveza—, cuidado, Sr. Mañara, está delante una confidenta de S. M. la Reina.
—¿Quién?
—Amaranta.
—Tú también lo eres, y según dicen posees los secretos más graves.
—No tanto como tú, hija mía —dijo Lesbia sintiendo reponerse su osadía—; tú, que, según se asegura, eres hoy depositaria de todas las confianzas de nuestra amada soberana. Esto es una gran honra para ti.
—Seguramente —repuso Amaranta, dominando su cólera—. Sigo al lado de mi bienhechora. La ingratitud es vicio muy feo, y no he querido imitar el ejemplo de las que insultan a quien les ha favorecido. ¡Ah! es muy cómodo hablar de las faltas ajenas para que no se fije la vista en las propias.
Lesbia, después de un momento de vacilación iba a contestar. El diálogo tomaba alguna gravedad, y de seguro se habrían oído cosas bastante duras, si el diplomático, interviniendo con su tacto de costumbre, no hubiera dicho:
—Señoras, por Dios... ¿qué es esto? ¿No son ustedes íntimas amigas? ¿Una diferencia de opinión puede turbar el cielo purísimo de la amistad? Dense las manos, y bebamos todos el último vaso a la salud de Lesbia y Amaranta enlazadas en dulce y amorosa fraternidad.