—Estoy conforme; esta es mi mano —dijo Amaranta alargando la suya con gravedad.
—Ya hablaremos de esto —añadió Lesbia estrechando con desabrimiento la mano de la otra dama—. Por ahora seremos amigas.
—Bien: ya hablaremos de esto.
En aquel momento entré yo y la expresión del semblante de una y otra no me pareció indicar predisposiciones a la concordia. Con aquel desagradable incidente, que por fortuna no tomó proporciones, tuvo fin la tertulia, y la aparente reconciliación fue señal de partida. Levantáronse todos, y mientras el diplomático y Mañara se despedían de mi ama, Amaranta se llegó a mí con disimulo, acercó su boca a mi oído, y me dijo con una vocecita que parecía resonar dentro de mi cerebro:
—Tengo que hablarte.
Dejome aturdido; pero mi sorpresa subió de punto un poco después, cuando acompañé a la comitiva por la calle, precediéndola con un farol, según costumbre, porque en aquel tiempo el alumbrado público, si en alguna calle existía, era digno émulo de la oscuridad más profunda. Llegamos a la calle de Cañizares, a una suntuosa casa, que era la misma en cuyo sotabanco vivía Inés, aunque se subía por distinta escalera. En el patio de aquella casa, que era la del marqués diplomático, o mejor dicho, de su hermana, esperaban las literas que debían conducir a las dos damas a sus respectivas mansiones. Antes de entrar en la litera, Amaranta me llamó aparte, y díjome que al día siguiente fuese a buscarla a aquella misma casa, preguntando por una tal Dolores, que luego supe era doncella o confidenta suya, cuyo mandato me alegró mucho, porque en él vi el fundamento de mi fortuna.
Volví a casa apresuradamente, y encontré a mi ama muy agitada, paseando con precipitación en la estrecha sala, y departiendo consigo misma, como si no tuviera el juicio muy sano.
—¿Observaste —me dijo— si Isidoro y Mañara disputaban por la calle?
—No reparé, señora —le respondí—. ¿Pues qué motivo tienen esos dos caballeros para enemistarse?
—¡Ah! no sabes cuán alegre estoy, Gabriel; estoy satisfecha —me dijo la González con extraviados ojos y tan febril inquietud, que me impuso miedo.