—¿Por qué, señora? —pregunté—. Ya es hora de descansar, y usted parece necesitar descanso.

—No tonto, yo no duermo esta noche —dijo—. ¿No sabes que yo no puedo dormir? ¡Ah, cuánto gozo considerando su desesperación!

—No entiendo a usted.

—Tú no entiendes de esto, chiquillo, vete a acostar... Pero no, no, ven acá y escucha. ¿Verdad que parece castigo de Dios? El muy simple no conoce la víbora que tiene entre sus brazos.

—Creo que se refiere usted a Isidoro.

—Justo. Ya sabes que está enamorado de Lesbia. Está loco, como nunca lo ha estado. ¡Ah! Con todo su orgullo, ¡qué vilmente se arrastra a los pies de esa mujer! Él, acostumbrado a dominar, es dominado ahora, y su impetuoso amor servirá de diversión y chacota en el teatro y fuera de él.

—Pero me parece que el Sr. Máiquez es correspondido.

—Lo fue; pero los favores de Lesbia pasan pronto. ¡Oh! Bien merecido le está. Lesbia es la misma inconstancia.

—No lo hubiera creído en una persona tan simpática y tan linda.

—Con esa carita angelical, con su sonrisa inalterable y su aire de ingenuidad, Lesbia es un monstruo de liviandad y coquetería.