—Tal vez ese Sr. Mañara...

—Eso no tiene duda. Mañara es hoy el favorecido, y si habla con Isidoro es para divertirse a su costa, jugando con el corazón de ese desgraciado. Sí, el corazón de Isidoro está hoy como un ovillo de algodón entre las patas de una gata traviesa. ¿Pero no es verdad que le está bien merecido?... ¡Oh, rabio de placer!

—Por eso la señora Amaranta no cesaba de decir aquellas cosas... —indiqué, deseando que mi ama esclareciera mis dudas sobre muchos sucesos y palabras de aquella noche.

—¡Ah! Lesbia y Amaranta, aunque vienen juntas aquí, se aborrecen, se detestan, y quisieran destruirse una a otra. Antes se llevaban muy bien; mas de algún tiempo a esta parte... yo creo que algo ocurrido en Palacio es la causa de esta inquina que ha empezado hace poco, y será pronto una guerra a muerte.

—Bien se conoce que no se llevan bien.

—En Palacio, según me han dicho, arden pasiones encarnizadas e implacables. Amaranta es muy amiga de los Reyes Padres, mientras que Lesbia parece que es de las damas que más intrigan en el bando de los amigos del Príncipe de Asturias. Tan irritadas están hoy la una contra la otra, que ya no saben disimular el odio que se profesan.

—¿Y es Amaranta mujer de tan mala condición como su amiga? —pregunté deseando inquirir noticias de la que ya consideraba como mi protectora.

—Todo lo contrario —repuso—. Amaranta es una gran señora, tan discreta como hermosa, y de conducta intachable. Gusta de proteger a los desvalidos: su sensible y tierno corazón es inagotable para los menesterosos que necesitan de su ayuda; y como es poderosísima en la corte, porque su valimiento casi excede al de los mismos Reyes, el que tenga la dicha de caerle en gracia, ya se puede considerar puesto en los cuernos de la luna.

—Ya me lo parecía a mí —dije muy contento por tan lisonjeras noticias.

—Espero que Amaranta —prosiguió mi ama con la misma calenturienta agitación— me ayudará en mi venganza.