—¿Contra quién? —pregunté alarmado.

—Creo que se ha aplazado la función de la marquesa —continuó sin atender a mi pregunta—. Nadie quiere hacer el desairado papel de Pésaro, y esto será ocasión de un lamentable retraso. ¿Querrás desempeñarlo tú, Gabriel?

—¡Yo, señora!... no sirvo para el caso.

Quedose luego muy meditabunda, con el ceño fruncido y los ojos fijos en el suelo, y por fin volvió a su primer tema.

—Estoy satisfecha —dijo con esa hilaridad dolorosa, que indica las grandes crisis de la pasión—. Lesbia le es infiel, Lesbia le engaña, Lesbia le pone en ridículo, Lesbia le castiga... ¡Oh, Dios mío! Veo que hay justicia en la tierra.

Después serenándose un poco me mandó retirar, y cuando me hallé fuera, dejándola con su doncella, la sentí llorar con lágrimas francas y abundantes, que debían templar la irritación de su espíritu y poner calma en su excitado cerebro. A los consuelos y ruegos de su criada para que se retirase a descansar, no respondía más que esto:

—¿Para qué me acuesto, si sé que no he de dormir en toda la noche?

Retireme a mi cuarto, que era un estrecho dormitorio donde jamás entraban ni en pleno día importunas luces. Me acosté bastante afligido al considerar la triste pasión de mi ama; pero estos pensamientos se enlazaron con otros relativos a mi propio estado, los cuales, lejos de ser tristes alborozaban mi alma; y acompañado por la imagen de Amaranta, que iluminaba mi mezquino asilo como un rayo de luna, me dormí profundamente pensando en la fábula de Diana y Endimión, que conocía por una de las estampas de la sala.

IX

Al despertar en la mañana siguiente, acudieron en tropel a mi pensamiento todas las ideas y las imágenes que me habían agitado la noche anterior. La inclinación hacia mi persona que suponía en Amaranta, me trastornaba el juicio como verá el amigo lector, si le cuento los disparates que dije y las locuras que imaginé en las reflexiones y monólogos de aquella mañana.