«No veo la hora —decía para mí— de presentarme a esa señora. No me queda duda de que le he caído en gracia, lo cual no es extraño, pues algunas personas me han dicho que no tengo mal ver. Como dice doña Juana, de hombres se hacen los obispos, y quién sabe si a vuelta de una media docena de añitos, me encuentro hecho en dos palotadas duque, conde o almirante, como otros que yo me sé y que deben lo que son a haber caído en gracia a esta o la otra persona. Hablemos claro, Gabriel. ¿No estás oyendo mentar todos los días a cierto personaje que antes era un pobre pelambrón, y ahora es todo cuanto puede ser un hombre? ¿Y todo por qué? Por la inclinación de una elevada señora. Y ¿quién dice que lo que puede pasar a un hombre, no le pueda suceder a otro? Verdad es que el tal personaje es un gallardo mozo; pero yo bien sabido me tengo que no soy saco de paja, pues muchas personas me han dicho que les gusto, y que no puede negarse que tengo unos ojillos picarescos, capaces de trastornar a todo el sexo femenino... Ánimo, Sr. Gabrielito. Mi ama ha dicho que Amaranta es la mujer más poderosa de toda la Corte, y quién sabe si será de sangre real. ¡Oh, divina Amaranta! ¿Qué haré para merecerte? Por supuesto, que si llego a verme desempeñando esos elevados cargos, juro por Dios y mi salvación, que he de ser el hombre más formal que jamás haya gobernado en el mundo. A buen seguro que nadie me acuse, como acusan al otro de haber hecho tantas picardías. Lo que es eso... yo tendré las cosas bien arregladitas, y en mi persona no gastaré sino lo muy preciso. Lo primero que voy a disponer es que no haya pobres, que España no vuelva a unirse con Francia, y que en todas las plazuelas del Reino se fije el precio de los comestibles, para que los pobres compren todo muy barato. Veremos si sé yo mandar o no sé... ¡y que tengo un geniecillo! Como no hagan lo que mando, nada, nada... no me andaré con chiquitas. Al que no obedezca, cortarle la cabeza y se acabó... así andarán todos derechos como un huso. Y lo dicho, dicho. Nada con los franceses, Napoleón que se entienda solo; nosotros haremos lo que nos dé la gana, y que no me busque el genio, porque yo tengo malas moscas... ¡Oh! si esto sucediera, cómo se había de alegrar la pobre Inés: entonces sí que no repetiría aquello de la tortuga y del águila. Se me figura que Inés es algo corta de alcances; sin embargo, es tan buena, que la amaré siempre... pero debo amar a Amaranta... pero ¿cómo puedo dejar de amar a Inés?... Pero es preciso que adore sobre todas las cosas a Amaranta... pero Inés es tan sencilla, tan buena, tan... pero Amaranta me subyuga, me fascina, me vuelve loco... pero Inés... pero Amaranta...»
Esto decía yo, despeñado, como corcel salvaje, por los derrumbaderos de mi fantasía; y ya habrá observado el lector que, al suponerme amado por una mujer poderosa, mis primeras ideas versaron sobre mi engrandecimiento personal y el ansia de adquirir honores y destinos. En esto he reconocido después la sangre española. Siempre hemos sido los mismos.
Levanteme, cogí el cesto para ir a la compra, y cuando recorría los puestos de la plazuela regateando las patatas y las coles, consideré cuán inconveniente y deshonroso era que se ocupase en tan bajos menesteres un joven destinado a ser dentro de algún tiempo generalísimo de los ejércitos de mar y tierra, gran almirante, ministro, y quién sabe si rey de algún reinito chico que le caería por chiripa en los repartos europeos.
Dejando aparte por ahora lo que se refiere a mi persona, voy a dar una idea de la opinión pública en aquellos días, con motivo de los sucesos políticos. En la plazuela advertí que se hablaba del asunto, y por las calles las personas se paraban preguntándose noticias, y regalándose mutuamente las mentiras de que cada cual era forjador o inocente vehículo. Yo hablé del caso con varias personas conocidas, y voy a copiar imparcialmente el parecer de algunas, pues siendo las más de diversa condición y capacidad, el conjunto de sus observaciones puede ofrecer exactamente una muestra del pensamiento público.
Un hortera de ultramarinos que era nuestro abastecedor, y hombre muy aficionado a mover la sin hueso, me pareció más alegre que de ordinario y en extremo jovial con sus parroquianos.
—¿Qué nuevas corren por ahí? —le pregunté.
—¡Oh! grandes nuevas. Los franceses han entrado en España. Yo estoy contentísimo.
Luego, bajando la voz, dijo con semblante risueño:
—¡Van a conquistar a Portugal! Es para volverse loco de alegría.
—Hombre, no lo entiendo.