—¡Ah! Gabrielillo: tú como eres un pobre chico, no entiendes estas cosas. Ven acá, mentecato. Si conquistan a Portugal, ¿para qué ha de ser sino para regalárselo a España?

—¿Y un reino se conquista y se regala, como si fuera una libra de nísperos, señor de Cuacos?

—Pues es claro. Napoleón es un hombre que me gusta. Quiere mucho a España y se desvive por hacernos felices.

—Vaya con el hombre. ¿Y nos quiere por nuestra linda cara o porque le conviene, para sacarnos dinero, barcos, tropas y cuanto le da la gana? —dije yo cada vez más resuelto a romper con Francia cuando fuese ministro.

—Nos quiere porque sí, y sobre todo ahora va a quitar de en medio al Sr. Godoy, que ya nos tiene hasta el tragadero.

—¿Querrá usted decirme qué es lo que ha hecho ese caballero para que todos le quieran tan mal?

—¡Bicoca! Ahí es nada lo del ojo. ¿No sabes que es un embustero, atrevido, lascivo, tramposo y enredador? Ya sabemos todos a qué debe su fortuna, y la verdad es que la culpa no la tiene él, sino quien lo consiente. Ya sabes tú que vende los destinos, ¡y de qué manera! Los que tienen mujer guapa o hija doncella, son los que consiguen de Su Alteza cuanto solicitan. Pues ahora trata de que se vayan a América los príncipes para quedarse él de rey de España... Pero no echó muy bien las cuentas, y a lo mejor se presenta Napoleón para desbaratar sus planes... Sabe Dios lo que ocurrirá dentro de algunos días: yo creo que Napoleón, como amigo y admirador que es de nuestro gran Príncipe de Asturias, nos lo va a poner en el trono, sí señor... y el Rey Carlos, con la buena pieza de su mujer, se irá adonde mejor le convenga.

No hablamos más del asunto. Entré luego en la tienda de doña Ambrosia, a comprar un poco de seda que me había encargado la doncella, y vi tras el mostrador a la grave tendera, acariciando su gato, sin dejar por eso de atender a la conversación entablada entre D. Anatolio, el papelista de la acera de enfrente, y el abate D. Lino Paniagua, que estaba escogiendo unas cintas verdes y azules.

—No le quede a usted duda, señora doña Ambrosia —decía el papelista—; de esta vez nos veremos libres del choricero.

—No puede ser menos —contestó la tendera— sino que alguna buena alma ha ido a Francia y le ha contado a ese bendito Emperador todas las picardías que aquí hace Godoy, por lo cual este ha mandado un ejército entero para quitarle de en medio.