—Pues, con perdón de ustedes —dijo el abate Paniagua alzando la vista—, yo, que frecuento la sociedad de etiqueta, puedo asegurar que las intenciones de Napoleón son muy distintas de lo que se cree vulgarmente. Napoleón no manda sus tropas contra Godoy, sino para Godoy; porque han de saber ustedes que en un tratado secreto (y esto lo digo con reserva) se ha convenido echar de Portugal a los Braganzas, y repartirse aquel reino entre tres personas, de las cuales una será el Príncipe de la Paz.

—Eso se dijo hace tiempo —observó con desdén D. Anatolio—; pero ahora no se trata de tal reparto. La verdad pura y neta es que Napoleón viene a quitar el Portugal a los ingleses, lo cual está muy retebién hecho; sí señor.

—Pues a mí me han dicho —añadió doña Ambrosia—, que lo que quiere Godoy es mandar al Príncipe a América con sus hermanos, para quedarse él solito de rey de España. Eso no lo habíamos de consentir. ¿Verdá usté, D. Anatolio? Miren qué ideas de hombre. Pero ¿qué se puede esperar de quien está casado con dos mujeres?

—Y creo que las dos se sientan con él a la mesa, una a la derecha y otra a la izquierda —dijo D. Anatolio.

—Por Dios, hablemos bajo —indicó con timidez D. Lino Paniagua—. Esas cosas no se deben decir.

—Nadie nos oye, y sobre todo... Si van a poner a la sombra a cuantos hablan de estas cosas, pronto se quedará Madrid sin gente.

—Verdad —dijo doña Ambrosia bajando la voz—. Mi difunto esposo, que santa gloria haya, y era el hombre de más verdad que ha comido nabos en el mundo, aseguraba... (y crean ustedes que lo sabía de buena tinta) que cuando el choricero quiso que el Consejo de Estado habilitase a la Reina para ser Regenta... pues, no sé si me explico... era porque tenían el proyecto de despachar para el otro barrio a mi señor D. Carlos, de modo que...

—¡Qué abominaciones se dicen hoy! —exclamó el abate.

—Como que es la pura verdad —dijo don Anatolio—. Yo también lo supe por persona que estaba en el ajo.

—Pero esto no se dice, señores, esto se calla —respondió Paniagua—. Yo, francamente, no gusto de oír tales cosas. Me da miedo; y si llega a oídos del señor Príncipe de la Paz, figúrense ustedes qué disgusto.