—No: historia no; un dramita que va a dejar bizcos a los señores. Verás qué pieza. Se titula El tercer Gran Federico y combate del 21.
—Buen título —respondí—; pero no entiendo qué es eso del tercer Federico.
—¡Qué tonto eres! El tercer Gran Federico es Gravina, y como ya hubo en Prusia un Gran Federico que era Segundo, ¿no comprendes que es ingenioso y llamativo y tónico poner a nuestro almirante en la lista de los Grandes Federicos que ha habido en el mundo?
—Ciertamente. Es una idea que solo a usted se le hubiera ocurrido.
—Ya Joaquina ha escrito las primeras escenas, que son preciosísimas. En primer término aparece la cubierta del Santísima Trinidad, a la derecha el navío de Nelson, y a lo lejos Cádiz con sus castillos y torreones. Debo advertirte que figuro a Nelson enamorado de la hija de Gravina, el cual se niega a dársela en matrimonio. La escena empieza con una sublevación de los marineros españoles que piden pan, porque en todo el barco no hay una miga. El almirante se enfurece y les dice que son unos cobardes, porque no tienen alma para resistir tres días sin comer, y les da el ejemplo de la más plausible sobriedad mandándose servir un pedacito de maroma asada. Nelson se presenta a decir que todo se acabará al fin si le dan la niña para llevársela a Inglaterra: la muchacha sale de la cámara bordando un pañuelo, y...
No dijo más, porque la violenta risa en que prorrumpí, sin poderme contener, le desconcertó un poco, aunque yo para que no se enojara le aseguré que me reía por cierto recuerdo despertado en mi memoria.
—La escena del hambre está escrita, y si he de decirte la verdad, no tiene pero.
—No dudo que esa escena puede ser admirable —dije con malicia—, sobre todo si ha puesto la mano en ella la señorita Joaquina.
—Ya hemos escrito a todos los teatros de Italia, que se disputarán como siempre el derecho de traducirla —dijo Joaquinita.
—¡Ah! Aquí no se recompensa el verdadero mérito. Bien dicen, que nadie es profeta en su patria: verdad es que la posteridad hace justicia; pero entre tanto que esa justicia llega, los hombres superiores arrastramos miserable existencia y nos morimos como cualquier pelafustán, sin que nadie se acuerde de nosotros. Vamos a ver: ¿de qué me valen ahora a mí los mausoleos, las inscripciones, las estatuas con que han de honrarme en tiempos futuros, cuando la envidia calle y a nadie quede duda del mérito de mis obras? Y si no, ahí tienes a Cervantes, que es otro ejemplo como este mío. ¿No vivió en la miseria? ¿No murió abandonado? ¿Acaso tocó las ventajas positivas de ser el primer escritor de su siglo? Pues a mí me pasa dos cuartos de lo mismo: por supuesto, que si algo me consuela, es considerar cuánto se avergonzará la España futura al saber que el autor de Catalina en Cromstadt, de Federico II en Glatz, de El negro sensible, de La enferma fingida por amor, de Cadma y Sinoris, de La escocesa de Lambrun y de otras muchas obras, ha vivido algún tiempo almorzando dos cuartos de sangre frita y otras cosas que no nombro por respeto al arte de la poesía, pues no lo quiero denigrar, denigrándome a mí mismo... Pero no hablemos de estas cosas, que dan tristeza, y obligan a renegar de una patria que no sabe premiar el mérito, y de unos tiempos en que los magnates protegen la envidia y persiguen la inspiración.