—Calma, calma, Sr. D. Luciano —dije yo mostrándome interesado por el triunfo de la inspiración sobre la envidia—; tras esos tiempos vendrán otros. ¡Quién sabe lo que pasará mañana!
—Eso me han dicho, sí —repuso Comella bajando la voz y con sonrisa de satisfacción—. ¿Será cierto que Napoleón es del partido del Príncipe de Asturias? ¿Caerá Godoy?
—Eso no tiene duda. ¿Pues qué quiere Napoleón más que el bien de los españoles?
—Justo; y aunque él y Godoy han sido muy amigotes, ya parece que el otro ha conocido sus malas mañas, y sabe que todos queremos al heredero, con lo cual dicho se está que nos hará el gusto. En cuanto a Godoy, yo estoy en que no existe hombre peor en toda la redondez de la tierra. Pueden perdonársele los medios de su elevación; puede perdonársele que sea polígamo, ateo, verdugo, venal, y otras faltas por el estilo; pero lo que no tiene nombre y prueba mejor que nada la corrupción de las costumbres, es que proteja a los malos poetas, dando cordelejo a los que son buenos y además nacionales, españoles como yo, y no admitimos ese fárrago de reglas ridículas y extranjeras con que Moratín y otros poetastros de polaina embaucan a los tontos. ¿No piensas como yo?
—Lo mismito que usted —respondí—. Y ahora verá el Sr. D. Luciano cómo los franceses, cuando hayan arreglado lo de Portugal, arreglarán a España y se acabará la protección a los malos poetas.
—Dios lo quiera así... Pero nos vamos, que antes de almorzar hemos de concluir la escena entre Nelson y la hija de Gravina.
—¿Tanta prisa corre?
—Para fin de mes ha de estar en la Cruz. Tendrá un éxito atroz. Ya verás, Gabrielillo. Es preciso que vayas a aplaudir, porque me temo mucho que los de Estala, Melón y Moratinillo han de querer silbarla. Hay que estar con cuidado, y si ellos tienen la protección del Gobierno, no hay que asustarse por eso, la posteridad juzgará. Conque adiós.
Se marcharon a prisa, y yo me quedé pensando en la serie de maldades que habría cometido el Príncipe de la Paz, para tener también en contra suya a los malos poetas. Hasta mucho tiempo después no conocí que entre los infinitos actos reprensibles de aquel monstruo de la fortuna había algunos que la posteridad, por el contrario, debía recordar siempre con agradecimiento...