Acompañarla al teatro donde me era forzoso tener el cetro y la corona, cuando ella entraba después de la segunda escena del segundo acto, en El falso zar de Moscovia, para salir luego convertida en reina, confundiendo a Osloff y a los magnates que la tenían por buñolera de esquina.

Ir a avisar puntualmente a los mosqueteros para indicarles los pasajes que debían aplaudir fuertemente en la comedia y en la tonadilla, indicándoles también la función que preparaban los de allá para que se apercibieran con patriótico celo a la lucha.

Ir todos los días a casa de Isidoro Máiquez con el aparente encargo de preguntarle cualquier cosa referente a vestidos de teatro; pero con el fin real de averiguar si estaba en su casa cierta y determinada persona, cuyo nombre me callo por ahora.

Representar un papel insignificante, como de paje que entra con una carta, diciendo simplemente tomad, o de hombre del pueblo primero, que exclama al presentarse la multitud ante el rey: Señor, justicia, o a tus reales plantas, coronado apéndice del sol. (Esta clase de ocupación me hacía dichoso por una noche.)

Y por este estilo otras mil tareas, ejercicios y empleos que no cito, porque acabaría tarde, molestando a mis lectores más de lo conveniente. En el trascurso de esta puntual historia irán saliendo mis proezas y con ellas los diversos y complejos servicios que presté. Ahora voy a dar a conocer a mi ama, la sin par Pepita González, sin omitir nada que pueda dar perfecta idea del mundo en que vivía.

Mi ama era una muchacha más graciosa que bella, si bien aquella primera cualidad resplandecía en su persona de un modo tan sobresaliente que la presentaba como perfecta sin serlo. Todo lo que en lo físico se llama hermosura, y cuanto en lo moral lleva el nombre de expresión, encanto, coquetería, monería, etc., estaba reconcentrado en sus ojos negros, capaces por sí solos de decir con una mirada más que dijo Ovidio en su poema sobre el arte que nunca se aprende y siempre se sabe. Ante los ojos de mi ama dejaba de ser una hipérbole aquello de combustibles áspides y flamígeros ópticos disparos, que Cañizares y Añorbe aplicaban a las miradas de sus heroínas.

Generalmente, de los individuos que conocimos en nuestra niñez recordamos o los accidentes más marcados de su persona, o algún otro, que a pesar de ser muy insignificante, queda sin embargo grabado de un modo indeleble en nuestra memoria. Esto me pasa a mí con el recuerdo de la González. Cuando la traigo al pensamiento, se me representan clarísimamente dos cosas, a saber: sus ojos incomparables, y el taconeo de sus zapatos, abreviadas cárceles de sus lindos pedestales, como dirían Valladares o Moncín.

No sé si esto bastará para que ustedes se formen idea de mujer tan agraciada. Yo, al recordarla, veo en aquellos grandes ojos negros, cuyas miradas resucitaban un muerto, y oigo el tip-tap de su ligero paso. Esto basta para hacerla resucitar en el recinto oscuro de mi imaginación, y, no hay duda, es ella misma. Ahora caigo en que no había vestido, ni mantilla, ni lazo ni garambaina que no le sentase a maravilla; caigo también en que sus movimientos tenían una gracia especial, un cierto no sé qué, un encanto indefinible que podrá expresarse cuando el lenguaje tenga la riqueza suficiente para poder designar con una misma palabra la malicia y el recato, la modestia y la provocación. Esta rarísima antítesis consiste o en que nada hay más hipócrita que ciertas formas de compostura, o en que la malignidad ha descubierto que el mejor medio de vencer a la modestia es imitarla.

Pero sea lo que quiera, lo cierto es que la González electrizaba al público con el airoso meneo de su cuerpo, su hermosa voz, su patética declamación en las obras sentimentales, y su inagotable sal en las cómicas. Igual triunfo tenía siempre que era vista en la calle por la turba de sus admiradores y mosqueteros, cuando iba a los toros en calesa o simón, o al salir del teatro en silla de mano. Desde que veían asomar por la ventanilla el risueño semblante guarnecido por los encajes de la blanca mantilla, la aclamaban con voces y palmadas diciendo: «Ahí va toda la gracia del mundo, viva la sal de España» u otras frases del mismo género. Estas ovaciones callejeras les dejaban a ellos muy satisfechos, y también a ella, es decir a nosotros, porque los criados se apropian siempre una parte de los triunfos de sus amos.

Pepita era sumamente sensible, y según mi parecer, de sentimientos muy vivos y arrebatados, aunque por efecto de cierto disimulo tan sistemático en ella, que parecía segunda naturaleza, todos la tenían por fría. Doy fe además de que era muy caritativa, gustando de aliviar todas las miserias de que tenía noticia. Los pobres asediaban su casa, especialmente los sábados, y una de mis más trabajosas ocupaciones consistía en repartirles ochavos y mendrugos, cuando no se los llevaba todos el señor de Comella, que se comía los codos de hambre, sin dejar de ser el asombro de los siglos y el primer dramático del mundo. La González vivía en su casa, sin más compañía que la de su abuela, la octogenaria doña Dominguita y dos criados de distinto sexo, que la servíamos.