Y después de haber dicho lo bueno, ¿se me permitirá decir lo malo, respecto al carácter y costumbres de Pepa González? No, no lo digo. Téngase en cuenta, en disculpa de la muchacha ojinegra, que se había criado en el teatro, pues su madre fue parte de por medio en los ilustres escenarios de la Cruz y los Caños, mientras su padre tocaba el contrabajo en los Sitios y en la Real capilla. De esta infeliz y mal avenida coyunda nació Pepita, y excuso decir que desde la niñez comenzó a aprender el oficio, con tal precocidad, que a los doce años se presentó por primera vez en escena, desempeñando un papel en la comedia de D. Antonio Frumento, Sastre, rey y reo a un tiempo, o el Sastre de Astracán. Conocida, pues, la escuela, los hábitos poco austeros de aquella alegre gente, a quien el general desprecio autorizaba en cierto modo para ser peor que los demás, ¿no sería locura exigir de mi ama una rigidez de principios, que habrían sido suficientes, dadas las circunstancias de su vida, para asegurarle la canonización?

Réstame darla a conocer como actriz. En este punto debo decir tan solo que en aquel tiempo me parecía excelente: ignoro el efecto que su declamación produciría en mí hoy si la viera aparecer en el escenario de cualquiera de nuestros teatros. Cuando mi ama estaba en la plenitud de sus triunfos, no tenía rivales temibles con quienes luchar. María del Rosario Fernández, conocida por la Tirana, había muerto el año de 1803. Rita Luna, no menos famosa que aquella, se había retirado de la escena en 1806; María Fernández, denominada la Caramba, también había desaparecido. La Prado, Josefa Virg, María Ribera, María García y otras de aquel tiempo, no poseían extraordinarias cualidades; de modo que si mi ama no sobresalía de un modo notorio sobre las demás, tampoco su estrella se oscurecía ante el brillo de ningún astro enemigo. El único que entonces atraía la atención general y los aplausos de Madrid entero era Máiquez, y ninguna actriz podía considerarle como rival, no existiendo generalmente el antagonismo y la emulación sino entre los dioses de un mismo sexo.

Pepa González estaba afiliada al bando de los anti-Moratinistas, no solo porque en el círculo por ella frecuentado abundaban los enemigos del insigne poeta, sino también porque personalmente tenía no sé qué motivos de irreconciliable resentimiento contra él. Aquí tengo que resignarme a apuntar una observación que por cierto favorece bien poco a mi ama; pero como para mí la verdad es lo primero, ahí va mi parecer, mal que pese a los manes de Pepita González. Mi observación es que la actriz del Príncipe no se distinguía por su buen gusto literario, ni en la elección de obras dramáticas, ni tampoco al escoger los libros que daban alimento a su abundante lectura. Verdad es que la pobrecilla no había leído a Luzán, ni a Montiano, ni tenía noticia de la sátira de Jorge Pitillas, ni mortal alguno se había tomado el trabajo de explicarle a Batteux ni a Blair, pues cuantos se acercaron a ella, tuvieron siempre más presente a Ovidio que a Aristóteles, y a Bocaccio más que a Despréaux.

Por consiguiente, mi señora formaba bajo las banderas de D. Eleuterio Crispín de Andorra, con perdón sea dicho de cejijuntos Aristarcos. Y es que ella no veía más allá, ni hubiera comprendido toda la jerigonza de las reglas, aunque se las predicaran frailes descalzos. Es preciso advertir que el abate Cladera, de quien parece ser fidelísimo retrato el célebre D. Hermógenes, fue amigote del padre de nuestra heroína, y sin duda aquel gracioso pedantón echó en su entendimiento, durante la niñez, la semilla de los principios que en otra cabeza dieron por fruto El gran cerco de Viena.

Ello es que mi ama gustaba de las obras de Comella, aunque últimamente, visto el descrédito en que había caído este dios del teatro, al despeñarse en la miseria desde la cumbre de su popularidad, no se atrevía a confesarlo delante de literatos y gente ilustrada. Como tuve ocasión de observar, atendiendo a sus conversaciones y poniendo atención a sus preferencias literarias, le gustaban aquellas comedias en que había mucho jaleo de entradas y salidas, revistas de tropas, niños hambrientos que piden la teta, decoración de gran plaza con arco triunfal a la entrada, personajes muy barbudos, tales como irlandeses, moscovitas o escandinavos, y un estilo con el cual podía decir la dama en cierta situación de apuro: «estatua viva soy de hielo» o «rencor, finjamos... encono, disimulemos... cautela, favorecedme

Recuerdo que varias veces la oí lamentarse de que el nuevo gusto hubiera alejado de la escena diálogos concertantes como el siguiente, que pertenece, si mal no recuerdo, a la comedia La mayor piedad de Leopoldo el Grande:

Margarita.

Vamos, amor...

Nadasti.

Odio...