—O yo me engaño mucho —dijo la dama sentándose junto a mí—, o tú eres un chico bien nacido, hijo de alguna noble familia, y te hallas hoy en posición más baja de lo que te corresponde.

—Mi padre era pescador en Cádiz —respondí, sintiendo por primera vez en mi vida no ser noble.

—¡Qué lástima! —exclamó Amaranta—; sin embargo, no importa. Pepa me ha dicho que cumples lo que se te encarga con mucha puntualidad, y sobre todo con gran reserva; que eres formal a toda prueba; me ha dicho también que tienes imaginación, y que podrías ser en otra esfera un hombre de provecho.

—Mi ama —dije disimulando mi orgullo— me hace demasiado favor.

—Bueno —continuó la diosa—. Ya comprendes que entrar en mi servicio sin más recomendación que el propio mérito, es más de lo que pudieras desear. Pero me parece que tú tienes disposición para más altos empleos, y... creo que no serás desfavorecido por la fortuna. ¿Quién sabe lo que llegarás a ser?

—¡Oh, sí señora, quién sabe! —dije sin contener el entusiasmo que en mí producían aquellas palabras.

Amaranta estaba sentada frente a mí, como he dicho: su mano derecha jugaba con un grueso medallón pendiente del cuello, y cuyos diamantes, despidiendo mil luces, deslumbraban mis ojos. Tanta era mi gratitud y admiración hacia aquella mujer, que no sé cómo no caí de rodillas a sus plantas.

—Por de pronto no te exijo sino una grande fidelidad en mi servicio. Yo acostumbro recompensar bien a los que bien me sirven, y a ti más que a nadie, porque me han cautivado tu orfandad, tu abandono y la modestia y circunspección que hallo en tu persona.

—Señora —exclamé en la efusión de mi gratitud—, ¿cómo pagaré tantos sacrificios?

—Siéndome fiel y haciendo puntualmente lo que te mande.