—Seré fiel hasta la muerte, señora.
—Ya ves que exijo poco. En cambio, Gabriel, yo puedo hacer por ti lo que no has soñado ni podrías soñar. Otros con menos mérito que tú, se han elevado a alturas inconcebibles. ¿No te ha ocurrido que podrías tú subir lo mismo, encontrando una mano que te impulsara?
—¡Sí, señora! Sí me ha ocurrido, y ese pensamiento me ha vuelto loco —contesté—. Viendo que usía se dignaba fijar en mí sus ojos, llegué a creer que Dios había tocado su buen corazón, y que todo lo que hasta ahora me ha faltado en el mundo, iba a recibirlo de una sola vez.
—Has pensado bien —dijo Amaranta sonriendo—. Tu adhesión a mi persona y tu obediencia a mis órdenes te harán merecedor de lo que deseas. Ahora escucha. Mañana voy al Escorial, y es preciso que vengas conmigo. Nada digas a tu ama: yo me encargo de arreglarlo todo, de manera que consienta en el cambio de servidumbre. No digas tampoco a nadie que me has hablado, ¿entiendes? Pasado mañana irás a mi casa, desde donde puedes hacer el viaje en los coches que saldrán al medio día. Estaremos en el Escorial pocos días, porque regresaremos para ver la representación que ha de darse en esta casa, y entonces, quizás vuelvas por unos días al servicio de Pepa.
—¡Otra vez allá! —dije admirado.
—Sí; ya sabrás más adelante todo lo que tienes que hacer. Conque retírate ya: no faltes mañana.
Prometí ser puntual y me despedí de ella. Diome a besar su mano con tan dulce complacencia que me sentí electrizado al poner mis labios en su blanca y fina piel. Ni sus modales, ni sus miradas, ni ninguno de los accidentes de su comportamiento para conmigo eran los de una ama para con su criado. Más bien parecía tratarme como de igual a igual, y en cambio yo, ciego ya para todo lo que no fuera la protección de Amaranta, me lancé en la esfera de la atracción de aquel astro que inundaba mi alma de luz y calor.
Salí a la calle... ¿a quién comunicar mi alegría? Al punto me acordé de Inés, y subí la escalerilla que conducía a su sotabanco, pues no sé si he dicho que la habitación de mis amigos estaba en la misma casa. Encontré a Inés muy triste, y habiendo preguntado la causa, supe que doña Juana, cuya naturaleza se desmejoraba con el continuo trabajar, había caído enferma.
—¡Inés, Inesilla! —exclamé encontrándome solo en la sala con la muchacha—. Quiero hablarte. ¿Sabes que me voy?
—¿A dónde? —me preguntó con viveza.