—A Palacio, a la corte, a correr fortuna. ¡Ah, picarona; ahora no te reirás de mí; ahora va de veras!

—¿Qué va de veras?

—Que se me ha entrado por las puertas la fortuna, chiquilla. ¿Te acuerdas de lo que hablamos el otro día? Bien te lo decía yo, y tú no me hacías caso. ¿Pero no ves, reinita, que eso se cae de su peso?

—¿Qué se cae de su peso?

—Que así como otros han llegado a la mayor altura sin mérito propio, y solo porque a alguna gran persona se le antojó protegerles, nada tendría de extraño que a mí me aconteciera dos cuartos de lo mismo, sí, señorita.

—Eso es muy claro: avisa cuando llegues arriba. De modo que mañana te tendremos de general o ministro cuando menos.

—No te burles, ¿estamos? Tanto como mañana, no; pero ¿quién sabe?

Inés empezó a reír, dejándome bastante confuso.

—Pero, ven acá, tonta —dije con una seriedad, cuyo recuerdo me hace morir de risa—; tú no estás oyendo hablar todos los días de un hombre que no era nada, y hoy lo es todo; de un hombre que entró a servir en la Guardia española, y de la noche a la mañana...

—¡Hola, hola! —dijo Inés burlándose de mí con más crueldad—. Esas tenemos, Sr. D. Gabriel. ¡Qué callado lo tenía usted! ¿Se puede saber quién es la dama que se ha enamorado de usted?