—Tanto como enamorarse, no, tonta —respondí cortado—; pero... ya ves. Como uno no es saco de paja... qué quieres. Todo el mundo, aunque no valga nada, encuentra una persona a quien le gusta...

Inés continuó riendo; pero yo conocí que después de mis últimas palabras, la pobre necesitaba muchos esfuerzos para aparentar alegría. Como su carácter no era apto para el disimulo, luego cesó de reír y se puso muy seria.

—Bien, excelentísimo señor —dijo haciéndome una grave cortesía—; ya sabemos a qué atenernos.

—La cosa no es para enfadarse —dije yo sintiéndome repuesto de mi turbación—; lo que hay es, que si una persona me quiere proteger, no he de hacerle ascos. ¡Y si tú la conocieras, Inesilla; si tú vieras qué mujer, qué señora!... Todo lo que te diga es poco; así es que no te digo nada.

—¿Y esa señora se ha enamorado de ti?

—Dale con el enamoramiento; no es eso, mujer. Es que entro a servirla; aunque quién sabe lo que podrá pasar... Si vieras cómo me trata... Como de igual a igual, y se interesa mucho por mí... y es muy rica... y vive en un palacio muy grande cerca de aquí... y tiene muchos criados... y lleva en el cuello un medallón con un diamante como un huevo... y cuando le mira a uno, se queda uno atortolado... y es muy guapa... y en Palacio puede tanto como el Rey... y se llama...

Recordé de pronto que Amaranta me había prohibido revelar su entrevista con ella, y callé.

—Bueno —dijo Inés—. Ya veo que dentro de poco le tendremos a usía hecho un archipámpano, con muchos galones y cintajos, dando que hablar a la gente, y teniendo el gusto de oírse llamar ladrón, enredador, tramposo y cuanto malo hay.

—Mira tú lo que es no entender las cosas —dije algo incomodado—. ¿De dónde sacas tú que todos los hombres célebres y poderosos, sean ladrones y pícaros? No, señor, también pueden ser buenos; y lo que es yo... supón, chiquilla, que por arte del demonio llegara yo a ser... no te rías, que de menos hizo Dios a Cañete; y todos somos hijos de Adán; y tan de carne y hueso es Napoleón Bonaparte como yo. Pues suponte que llego a ser... no te rías. Si te ríes me callo.

—Si no me río —dijo Inés, conteniendo la hilaridad que de nuevo la acometía—. Lo que dices está muy en razón, chiquillo. Si no hay más que ponerse a ello. ¿Qué cuesta ser generalísimo, ministro, príncipe o duque? Nada. Ni a qué viene el romperse los ojos estudiando por aprender todas las cosas que se deben saber para gobernar? Si los aguadores y los mozos de cuerda, y los horteras, y los monaguillos, son unos tontos de camisón, cuando no se van todos a Palacio, sabiendo que tienen seguro el sueldo de consejeros con solo guiñarle el ojo a una dama. Y si todas no son tiernas de corazón, con tocarle el codo a alguna de las cocineras de Palacio, está hecho todo.