—En donde menos se piensa salta una liebre... Ya veremos, ya veremos —dije yo haciendo todo lo posible para que la expresión de mi semblante fuera la más misteriosa y grave.
Quedose aturdido con mis palabras, y volví al lado de Inés, de quien no quería despedirme dejándola enojada. Con gran sorpresa mía, la muchacha no conservaba enfado alguno, y me habló con aquella incomparable ecuanimidad, que siempre fue su principal atractivo. Despedime prometiendo que la recordaría siempre, y ella se mostró tan afable, tan cariñosa como si nada hubiera pasado. Su espíritu, cuya elevación y superioridad desconocía yo entonces, confiaba firmemente sin duda en mi pronta vuelta.
A los dos días mi ama me dijo que había convenido con Amaranta en que yo pasara a servir a esta. Arreglé mi pequeño ajuar, y fui a la casa de mi nueva ama. Allí me pusieron una librea, y subiendo al coche de la servidumbre, el cual seguía a otro ocupado por la marquesa y su hermano el diplomático, emprendí el camino del Escorial, a donde llegamos por la noche.
XII
Como al llegar al Escorial nos encontramos sorprendidos por la noticia de gravísimos acontecimientos, no estará de más que mencione lo que por el camino me contó el mayordomo de la marquesa, pues a sus palabras dio profético sentido lo que ocurrió después.
—Me parece que en el Real Sitio pasa algo que va a ser sonado —me dijo—. Esta mañana se decía en Madrid... Pero lo que haya lo hemos de saber pronto, pues dentro de tres horas y media, si Dios quiere, daremos fondo en la lonja.
—¿Y qué se decía en Madrid?
—Allí todos quieren al Príncipe y aborrecen a los Reyes Padres, y como parece que sus majestades se han propuesto mortificar al muchacho, apretándole de su lado... Eso, yo lo he visto, y el Príncipe tiene una cara que da compasión... Se dice que sus padres no le quieren, lo cual está muy mal hecho: a mí me consta que ni una sola vez le lleva el Rey a las cacerías, ni le sienta a la mesa, ni le muestra aquel cariño que parece natural en un buen padre.
—¿Será que el Príncipe anda metido en conspiraciones y enredos? —dije.
—Ello bien pudiera ser. Según oí la semana pasada en el Real Sitio, el Príncipe se da unas encerronas, que ya, ya... no habla con nadie, está como quien ve visiones, y se pasa las noches en vela. Con esto la Corte anda muy alarmada, y parece que acordaron vigilarle hasta averiguar lo que traía entre manos.