—Pues ahora caigo en que me dijeron que el Príncipe era algo literato, y se pasaba las noches traduciendo del francés o del latín, que esto no lo recuerdo bien.

—Sí, en el Escorial se cree eso; pero sabe Dios... Hay quien asegura que lo que el Príncipe trae entre manos es cosa gorda; que las tropas de Napoleón que han entrado en España lo que menos piensan es guerrear con Portugal, y parece que vienen a apoyar a los partidarios del Príncipe.

—Esas son patrañas; quizás el pobre Fernandito no piense más que en traducir sus libros...

—Parece que el que tradujo hace poco no gustó a los papás, porque hablaba de no sé qué revoluciones, y ahora está con otro: como no sea alguna endiablada tramoya para pescar el trono...

Así continuó poco más o menos nuestra conversación hasta que llegamos al Real Sitio. El diplomático y su hermana se apearon de su coche y nosotros del nuestro. Como los dos viajeros debían aposentarse en Palacio y en las habitaciones de Amaranta, que ya había llegado el día anterior, desde luego el mayordomo nos encaminó allá, haciéndonos recorrer medio mundo en escaleras, galerías, patios y pasillos. Todo indicaba que ocurría algo extraordinario en la regia morada, porque se veía por los pasillos y salas de tránsito más gente que la que acostumbraba estar en pie a aquella hora, que era la de las diez. Preguntó la marquesa, mas le contestaron de un modo tan vago, que nada pudo sacar en claro.

Instalados en las habitaciones de mi ama, donde me ocupé en acomodar los equipajes, según las órdenes que se me daban, al poco rato entró Amaranta tan inmutada, que fue preciso aguardar un poco para que, repuesta de su zozobra, pudiese explicar lo que pasaba.

—¡Ay! —exclamó cediendo a las reiteradas preguntas de sus tíos—; lo que pasa es terrible. ¡Una conjuración, una revolución! ¿En Madrid no ocurría nada cuando ustedes salieron?

—Nada; todo estaba tranquilo.

—Pues aquí... es una cosa tremenda, y quién sabe si estaremos vivos mañana.

—Pero hija, dínoslo claramente.