—Parece que se ha descubierto que querían asesinar a los Reyes; todo estaba preparado para un movimiento en Palacio.

—¡Qué horror! —exclamó el diplomático—. decía yo que bajo la capita de servidores del Rey se escondían aquí muchos jacobinos.

—No es nada de jacobinos —continuó mi ama—. Lo más extraño es que el alma de la conjuración es el Príncipe de Asturias.

—No puede ser —dijo la marquesa, que era muy afecta a S. A.—. El Príncipe es incapaz de tales infamias. Justo y cabal lo que yo decía. Sus enemigos han ideado perderle por la calumnia, ya que no lo han conseguido por otros medios.

—Pues la revolución preparada, que por lo que dicen, iba a ser peor que la francesa —prosiguió Amaranta—, se ha fraguado en el cuarto del Príncipe, a quien se han encontrado unos papelitos que ya... Dícese que están complicados el canónigo D. Juan de Escóiquiz, el duque del Infantado, el conde de Orgaz y Pedro Collado, el aguador de la fuente del Berro, hoy criado del Príncipe.

—Creo que tú, sobrina —dijo el marqués, ofendido de que mi ama contase cosas que él no sabía—, te dejas arrastrar por tu impresionable imaginación. Tal vez lo que ocurre no tenga importancia alguna, y pueda yo esclarecerlo con datos y noticias de índole muy reservada, que se me han trasmitido de cierta parte que debo callar.

—Yo contaré lo que me han dicho. Desde algún tiempo llamaba la atención que el Príncipe pasase las noches encerrado en su cuarto sin compañía, aunque los Reyes creían que se ocupaba en traducir un libro francés. Pero ayer se encontró S. M. en su cuarto una carta cerrada, cuyo sobre no tenía más que estas palabras: luego, luego, luego. Abriola el Rey y leyó un aviso sin firma, en que le decían:

«Cuidado, que se prepara una revolución en Palacio. Peligra el Trono y la Reina María Luisa va a ser envenenada.»

—¡Jesús, María y José! —exclamó la marquesa, que como mujer nerviosa estuvo a punto de desmayarse—. Pero, ¿qué demonio del infierno se ha metido en el Escorial?

—Figúrense ustedes cómo se quedaría el pobre Rey. Al punto sospecharon del Príncipe y decidieron ocuparle sus papeles. Dudaron mucho tiempo sobre el modo de hacerlo; pero al fin el Rey se decidió a reconocer él mismo en persona el cuarto de su hijo. Fue allá con pretexto de regalarle un tomo de poesías, y según dicen, Fernando se turbó de tal modo al verle entrar, que descubrió con su mirar medroso y azorado el sitio en que estaban los papeles. El Rey los cogió todos, y parece que padre e hijo se dijeron algunas cosas un poco fuertes; después de lo cual, Carlos salió indignado, ordenándole que permaneciese en su cuarto sin recibir a persona alguna... Esto fue ayer; enseguida vino el ministro Caballero, y entre él y los Reyes examinaron los papeles. No sabemos lo que pasó en esta conferencia, pero debió de ser cosa fuerte, porque la Reina se retiró a su cuarto llorando. Después se dijo que los papeles encontrados en poder del Príncipe contenían la clave de terribles proyectos, y según afirmó Caballero después de hablar con los Reyes, el Príncipe Fernando debía ser condenado a muerte.