En los personajes que le acompañaban, y eran, según después supe, los ministros y el gobernador interino del Consejo, me fijé más que en la real persona, y después daré a conocer a alguno de aquellos esclarecidos varones. Cerraba, por último, la procesión el zaguanete de la guardia española, y nada más. Mientras pasó la comitiva, sepulcral silencio reinó en todo el tránsito, y tan solo se oyeron las pisadas que se perdían de cámara en cámara hasta llegar a las que formaban el cuarto de Su Alteza. Cuando entraron en este la cháchara comenzó de nuevo entre los circunstantes, y vi a Amaranta que, habiendo salido a buscarme, hablaba con un caballero vestido de uniforme.
—Creo que al declarar —dijo el caballero— Su Alteza ha estado un poco irreverente con el Rey.
—¿De modo que está preso? —preguntó Amaranta con curiosidad.
—Sí, señora. Ahora quedará detenido en su cuarto con centinelas de vista. Vea usted, ya salen. Deben haberle recogido su espada.
La comitiva volvió a pasar sin el Príncipe, y precedida del gentilhombre con el candelabro que iba abriendo camino. Cuando el Rey y sus ministros se alejaron, los palaciegos que habían salido a las galerías fueron desapareciendo también en sus respectivas madrigueras, y por mucho tiempo no se oyó más que el violento cerrar de multitud de puertas. Se apagaron las pocas luces que alumbraban tan vastos recintos, y las hermosas figuras de los tapices se desvanecieron en la oscuridad, como fantasmas a quienes el canto del gallo llama a sus ignotas moradas.
Yo subí con mi ama a nuestro departamento, y me asomé por una de las ventanas que caían hacia el interior, para reconocer como de costumbre, el sitio en que estaba. Era oscurísima la noche y no vi más que una masa negra e informe de la cual se destacaban altos tejados, cúpulas, torres, chimeneas, paredones, aleros, arbotantes y veletas que desafiaban el firmamento como los topes de un gran navío. Tal imponente vista causaba cierto terror al espíritu, despertando meditaciones que se mezclaban a las sugeridas por lo que acababa de ver; mas no pude ocuparme mucho en trabajos del pensamiento, porque un sutilísimo ruido de faldas, y un ligero ce ce con que se me llamaba me hizo volver la cabeza y apartarme de la ventana.
La transición fue extremadamente brusca, cuando distrayéndome de la sombría perspectiva exterior, apareció ante mis ojos la figura de Amaranta y su celestial sonrisa. Reinaba profundo silencio: el marqués diplomático y su hermana se habían retirado ya. Amaranta había cambiado su traje de camino por una vestidura blanca y suelta que aumentaba su hermosura, si su hermosura fuera susceptible de aumento. Cuando me llamó, aún no se había apartado su doncella; pero esta salió sin tardanza, y luego nuestra seductora dueña, cerrando por sí misma la puerta que daba a la galería, me hizo señas para que me acercase.
XIII
—No olvides lo que me has jurado —dijo sentándose—. Yo confío en tu fidelidad y en tu discreción. Ya te dije que me parecías un buen muchacho, y pronto llegará la ocasión de probármelo.
No recuerdo bien las vehementes expresiones con que juré mi fidelidad; mas debieron ser muy acaloradas y aun creo que las acompañé con dramáticos gestos, porque Amaranta se rio mucho y me recomendó que convenía fuera menos fogoso. Después continuó así: