—Pues estoy impaciente, deshecho por empezar de una vez.

—Ya te enterarás con más calma. Esta noche tengo que escribir muchas cartas... Y ahora que recuerdo; vas a empezar a cumplir lo que espero de ti, respondiéndome a varias preguntas cuya contestación necesito para escribir. Dime: ¿Lesbia solía ir a tu casa sin ser acompañada por mí?

Me quedé perplejo al oír una pregunta que me parecía tan lejos del objeto de mi servicio, como el cielo de la tierra. Pero recogí mis recuerdos y contesté:

—Algunas veces, aunque no muchas.

—¿Y la viste alguna vez en el vestuario del teatro del Príncipe?

—Eso sí que no lo recuerdo bien, y por tanto no puedo jurar que la vi, ni tampoco que no la vi.

—No tiene nada de particular que la hayas visto, porque Lesbia no se mira mucho para ir a semejantes sitios —dijo Amaranta con mucho desdén.

Después de una pausa en que me pareció muy preocupada, continuó así:

—Ella no guarda las conveniencias, y fiada en las simpatías que encuentra en todas partes por su gracia, por su dulzura y por su belleza... aunque la verdad es que su belleza no tiene nada de particular.

—Nada absolutamente de particular —añadí yo adulando la apasionada rivalidad de mi ama.