—Entre los papeles —dijo Amaranta— hay una exposición al Rey que se supone hecha por D. Juan Escóiquiz, aunque la letra es de Fernando. Parece que en ella se pintan las malas costumbres del Príncipe de la Paz, con las frases más indecentes. Allí han salido a relucir sus dos mujeres y también lo que dicen de los destinos, pensiones y prebendas que concede a cambio de...

—¡Y tan cierto como es! —dijo la marquesa—. Yo sé de un señor a quien el Príncipe de la Paz ofreció...

La buena señora cayó en la cuenta de que estaba yo delante, y se contuvo. Pero a mí siempre me han bastado pocas palabras para entender las cosas, y supe pescar al vuelo lo que querían decir.

—En esa exposición —continuó la duquesa— ponen a la pobre Tudó de vuelta y media, y aconsejan al Rey que la encierre en un castillo. Por último, se pretende que el de la Paz sea destituido, embargados todos sus bienes, y que desde el mismo momento no se separe el Príncipe heredero del lado de su padre.

—Todo eso está muy puesto en razón —dijo la marquesa asombrada de cómo concordaban las ideas de los conjurados con sus propias ideas—; aunque me guardaré muy bien de decirlo fuera de aquí.

—Pues aquí no temo decirlo —continuó Amaranta—. Caballero no guarda muy bien el secreto, sé que lo ha dicho ya a varias personas. Otro de los papeles es graciosísimo, y parece un sainete; pues todo él está en diálogo y se creería que lo habían escrito para representarlo en el teatro. Cada uno de los personajes que hablan tienen allí nombre supuesto, así es que el Príncipe se llama Don Agustín, la Reina Doña Felipa, el Rey Don Diego, Godoy D. Nuño, y la Princesa con quien dicen han tratado de casar al heredero es una tal Doña Petra.

—¿Y qué objeto tiene esa comedia?

—Es un proyecto de conversación con la Reina, y suponiendo las observaciones que esta ha de hacer, se le responde a todo según un plan combinado para convencerla de las picardías del Príncipe de la Paz. También aquí abundan las frases soeces, y por último, el D. Agustín parece que se niega redondamente a casarse con Doña Petra, la cuñada del ministro y hermana del cardenal y de la de Chinchón.

—También eso está bien pensado —dijo la marquesa—; y si ese sainetillo se representara, yo lo aplaudiría. Pues ¿por qué han de querer casar al pobre muchacho con la cuñada del otro? ¿No es mejor que le busquen mujer en cualquiera de las familias reinantes, que a buen seguro todas ellas se darían con un canto en los pechos por entroncar con nuestros reyes, casando a cualquiera de sus mozuelas con semejante Príncipe?

—¿Cómo se atreven ustedes a juzgar cosas tan graves? —dijo con displicencia el diplomático—. Y en cuanto a los documentos citados, extraño que una persona tan discreta como mi sobrina les dé publicidad imprudentemente.