—Vamos, usted dudaba antes que existieran, y ahora, creyendo que no deben revelarse, los da como ciertos.

—Sí que los doy —repuso el diplomático—, y ya que otra persona ha descubierto hechos que yo me obstinaba en callar...

El diplomático, no pudiendo negar aquellos secretos, resolvió apropiárselos, fingiendo tener ya noticias de los papeles del proceso.

—¿De modo que ya tú lo sabías todo? —le preguntó su hermana—. Bien decía yo que tú no podías menos de estar al tanto de estas cosas. La verdad es que no se te escapa nada, y bien puedes afirmar que eres de los que ven los mosquitos en el horizonte.

—Desgraciadamente así es —contestó el diplomático con la mayor hinchazón—. Todo llega a mis oídos, a pesar de mis repetidos propósitos de no intervenir en nada y huir de los negocios. ¡Como ha de ser! Es preciso tener paciencia.

—Hermano, tú debes saber algo más y te lo callas —dijo la marquesa—. Vamos a ver. ¿Napoleón tiene alguna parte en este negocio?

—¿Ya comienzan las preguntitas? —repuso el viejo con retozona sonrisa—. Déjense ustedes de preguntas, porque les juro que no me han de sacar una sílaba. Ya conocen la rigidez de mi carácter en estas materias.

A todas estas, Lesbia no decía una palabra.

—Pues voy a acabar mi cuento —añadió mi ama—. Aún me falta decir cuál es el otro papel que se encontró al Príncipe.

—Más valdría que lo callaras, querida sobrina —dijo el diplomático.