—No; que lo diga, que lo diga.
—Pues se ha encontrado la cifra y clave de la correspondencia que el heredero sostiene con su maestro D. Juan Escóiquiz, y además... esto es lo más grave.
—Sí, lo más grave —indicó el diplomático—, y por eso debe callarse.
—Por lo mismo debe decirse.
—Pues se encontró una carta en forma de nota, sin sobrescrito, firma ni nombre, en que manifiesta estar dispuesto a elevar al Rey la exposición por medio de un religioso. Lo más notable de este papelito es que el Príncipe asegura que está decidido a tomar por modelo al Santo mártir Hermenegildo; que se dispone a pelear... óiganlo ustedes bien... a pelear por la justicia. Esto es hablar clarito de una revolución. Pide después a los conjurados que le sostengan con firmeza; que preparen las proclamas, y que...
—¡Ah, las mujeres, las mujeres! ¿No aprenderán nunca a tener discreción? —interrumpió el marqués—. Me admiro de ver con cuánta frivolidad te ocupas de asuntos tan peligrosos.
—En este papel —prosiguió la condesa sin atender a las fastidiosas amonestaciones del diplomático— se indica a los Reyes y a Godoy con nombres godos. Leovigildo es Carlos IV, la Reina es Goswinda y el de la Paz Sisberto. Pues bien: el Príncipe, que se atribuye el papel de San Hermenegildo, dice a los conjurados que la tempestad debe caer sobre Sisberto y Goswinda, y que traten de embobar a Leovigildo con vítores y palmadas.
—¿Y eso es todo? —preguntó la marquesa—. Pues no hay cosa más inocente.
—Está bien claro —indicó Amaranta con ira—, que se trata de destronar a Carlos IV.
—No lo veo yo así.