—Pues yo sí —repuso la condesa—. La tempestad debe caer sobre Sisberto y Goswinda. De modo que el heredero y sus amigos, no solo tratan de mandar a paseo al guardia, sino que también quieren hacer alguna picardía con la Reina, cuando menos llevarla a la guillotina como a la pobre María Antonieta. Todos saben cuánto ama el Rey a su esposa. Cualquier ofensa que a esta se le haga, la considera como hecha a su propia persona.

—Pues lo que digo es que si algo les pasa, bien merecido se lo tienen —fue la contestación de la marquesa.

—Y yo sostengo —añadió mi ama alterándose más— que el Príncipe podía haber intentado cuantas conjuraciones quisiera para echar del ministerio a Godoy; pero escribir exposiciones al Rey, poniendo en duda el honor de su madre, y hablando de arrojar tempestades sobre Sisberto y Goswinda, lo cual equivale a atentar contra la vida de la Reina, me parece conducta indigna de un Príncipe español y cristiano... Al fin es su madre: cualesquiera que hayan sido las faltas de esta (y yo estoy segura de que no son tantas ni tan grandes como las de quien las publica), no es propio de un hijo el reconocerlas o mencionarlas, ni menos fundarse en ellas para perseguir a un enemigo.

—Hija, no estás poco melindrosa —dijo con acrimonia la tía de Amaranta—. Yo creo que el Príncipe hace muy retebién, y si a alguien le pesa, más valiera no haber dado motivos con lo que todos sabemos, a lo que está pasando. Y si no, hermano, tú que lo sabes todo, dinos tu opinión.

—¡Mi opinión! ¿Creéis que es fácil dar opinión sobre asunto tan espinoso? Y lo que yo pueda pensar, conforme a mi experiencia y luces, ¿puedo acaso decirlo en conferencia de mujeres, que al punto van diciéndolo por cámaras y antecámaras a todo el que las quiera oír...?

—No hay quien te saque una palabra. Si yo supiera la mitad de lo que tú sabes, hermano, gustaría de instruir a los ignorantes.

—Para formar exacto juicio, vengan datos —dijo el marqués—. ¿Alguna de ustedes sabe la opinión de la Reina sobre estas cosas?

—Cuando se leyó en consejo el último de los papeles que he citado —respondió la condesa—, Caballero dijo que el Príncipe merecía la pena de muerte por siete capítulos. La Reina, indignada al oírle, respondió: «¿Pero no reparas que es mi hijo? Yo destruiré las pruebas que le condenan; le han engañado, le han perdido», y arrebatando el papel lo escondió en su seno, y se arrojó llorando en un sillón. ¡Vean ustedes qué generosidad! Francamente aunque nunca me ha sido simpática la causa del Príncipe, desde que sé sus proyectos contra los Reyes, me parece un joven digno de lástima, si no de otro sentimiento peor.

—¡Qué tontería! —exclamó la marquesa—. Ahora vienen los lloriqueos y los dengues después de haber sido causa de tantos males. ¿Pues qué, ocurrirían estas cosas, si no se hubieran cometido ciertas faltas...?

Lesbia, que hasta entonces había permanecido en silencio, con cierta confusión y amilanamiento, no quiso callar más y apoyó las últimas frases de la marquesa. Amaranta entonces se volvió a ella, y con acento tan amargo como desdeñoso le dijo: