—¡Cuánto hablar de faltas ajenas! Esa persona no esperaba ser injuriada públicamente, como lo ha sido, por quien tantos favores recibió de ella, por quien se ha sentado a su mesa y se ha honrado con su amistad.
—¡Ah! el sermoncito no está mal —dijo Lesbia con esa forzada jovialidad, que a veces es la más terrible expresión de la ira—. Ya lo esperaba: desde que me negué a ciertas condescendencias; desde que cansada de un papel, admitido con ligereza e impropio de mí, lo cedí a otras, que lo desempeñan con perfección, se me censura suponiéndome divulgadora de lo que todo el mundo sabe. Ciertas personas no pueden hacerse pasar por víctimas de la calumnia aunque lloren y giman, porque sus vicios, en fuerza de ser tantos y tan grandes, han llegado a vulgarizarse.
—Es verdad —repuso Amaranta con perversa intención—. No falta quien sea prueba viva de ello. Pero hija, el vicio más feo es el de la ingratitud.
—Sí, pero ese es el vicio en que menos fácilmente pueden sentenciar los hombres.
—¡Oh, no! También sentencian, y pronto lo veremos. Precisamente la causa del Príncipe es obra pura y simplemente consumada por la ingratitud. Ya verás cómo esta se castiga.
—Supongo —dijo Lesbia con malicia— que no querrás poner en la cárcel a todos los que estamos aquí, por haber cometido el crimen de desear el triunfo del Príncipe.
—Yo no pongo a nadie en la cárcel; y los que aquí estamos, pueden vivir tranquilos; pero quizás no esté muy segura otra persona muy amada de alguien que me escucha.
—¡Ah! —dijo imprudentemente el diplomático—, me han dicho que también Mañara está complicado en la causa.
—Creo que sí —añadió Amaranta cruelmente—; pero él fía mucho en el arrimo de elevadas personas. Y como resulten complicadas las que se sospecha, es de esperar que no les valga ninguna clase de apoyo.
—Eso es —dijo la duquesa—. ¡Duro en ellos! Falta todavía conocer el giro que tomará este negocio; falta saber si algún suceso inesperado cambiará de improviso los términos, convirtiendo a los acusadores en acusados.