—¡Ya... confían en Bonaparte! —afirmó Amaranta con despecho.

—¡Alto, allá! —exclamó el diplomático—; entran ustedes, señoras mías, en un terreno peligroso.

—Se hará justicia —dijo mi ama—, aunque no como se desea; pues no será posible descubrirlo. Por ejemplo: hay gran empeño en averiguar quién se encargaba de trasmitir a los conjurados la correspondencia del Príncipe, y hasta ahora no se sabe nada. Hay sospechas de que sea alguna de las muchas damas intrigantes y coquetuelas que hay en palacio... hasta se han fijado en alguna; pero aún no hay suficientes pruebas.

Lesbia no dijo una palabra; pero la pícara se sonreía como quien está libre de todo temor. Después hasta se atrevió a mortificar a su enemiga de esta manera:

—Quizás por lo mismo que es intrigante y coquetuela, tenga los medios de burlar a sus perseguidores. Tal vez las circunstancias le hayan proporcionado medios de desafiar y provocar a sus enemigos... Tengo deseos de saber quién es esa buena pieza. ¿Nos lo podrías decir?

—Ahora no —repuso mi ama—, pero mañana, tal vez sí.

Lesbia rio a carcajadas. Amaranta mudó de conversación, la marquesa volvió a lamentar la suerte de Príncipe, y el diplomático aseguró que por nada del mundo descorrería el velo que ocultaba los designios del capitán del siglo, con lo cual dio fin la comida, y todos, menos mi ama, se retiraron a dormir la siesta.

XV

Al siguiente día, 30 de octubre, ocurrieron grandes y conmovedoras novedades, si algo podía ya ocurrir capaz de aumentar la turbación de los ánimos. Desde por la mañana me había despedido mi ama, diciéndome que fuera a dar un paseo por la octava maravilla del mundo, y al mismo tiempo me mandó visitase en su celda al padre jerónimo que había de instruirme en las letras sagradas y profanas. Ambas cosas me contentaron mucho, y más que nada el ocio de que disfrutaba para recorrer a mi antojo el edificio y sus alrededores. El primer espectáculo que se ofreció a mi curiosidad, fue la salida del Rey a caza, lo cual no dejó de causarme extrañeza, pues me parecía que atribulado y pesaroso S. M. por lo que estaba pasando, no tendría humor para aquel alegre ejercicio. Pero después supe que nuestro buen monarca le tenía tan viva afición, que ni en los días más terribles de su existencia dejó de satisfacer aquella su pasión dominante, mejor dicho, su única pasión.

Yo le vi salir por la puerta del Norte, acompañado de dos o tres personas, entrar en su coche, y partir hacia la sierra, con tanta tranquilidad como si en palacio dejase la paz más perfecta. Sin duda debía de ser en extremo apacible su carácter, y tener la conciencia más pura y limpia que los frescos manantiales de aquellas montañas. Sin embargo, aquel buen anciano, a pesar de su alta posición y de la paz que yo suponía en su interior, más me inspiraba lástima que envidia. Aquella se aumentó cuando vi que la gente del pueblo, reunida en torno al edificio, no mostraba a su Rey ningún afecto, y hasta me pareció oír en algunos grupos murmullos y frases mal sonantes, que hasta entonces creo no se habían aplicado a ningún soberano de esta honrada nación.