—Ahora sabré, Gabriel, si puedo contar contigo para lo que deseo. Veremos si tus facultades están a la altura de lo que he pensado de ti.

—¿Y usía ha podido dudarlo? —repuse conmovido—. No puedo olvidar lo que me dijo usía la otra noche, y fue que otros, con menos méritos que yo, han llegado a subir hasta los últimos escalones de la fortuna.

—¡Ah, pobrecillo! —dijo riendo—. Veo que sueñas con subir demasiado, y esto es peligroso, porque ya sabes lo de Ícaro.

Yo contesté que nada sabía de ningún señor Ícaro; contome ella la fábula, y luego añadió:

—La historia que te conté la otra noche, no debe servirte de ejemplo, Gabriel. Después de lo que sabes, he leído un poco más y puedo seguirla.

—Quedó usía en aquello de que el joven de la guardia, a quien la sultana había hecho gran visir, daba muy mal pago a su protectora, lo cual me parece una grandísima picardía.

—Pues bien: después he leído que la sultana estaba muy arrepentida de su liviandad, y que el joven jenízaro, hecho príncipe y generalísimo, era cada vez más aborrecido en el imperio. El sultán continuaba tan ciego como antes, y no comprendía la causa del malestar de sus vasallos. Pero ella, como mujer de agudo ingenio, conocía la tempestad que amenazaba descargar sobre la real familia. Sus damas la encontraban algunas veces llorando. Desahogando su conciencia con alguna, le hizo ver su arrepentimiento por las faltas cometidas. Mas ya parecía imposible remediarlas; el descontento de los súbditos era inmenso, y se formó un grande y poderoso bando, a cuya cabeza se hallaba el hijo mismo de los sultanes, con objeto de destronarles, proyectando quitarles la vida, si la vida era un estorbo para sus fines.

—Y el gran visir ¿qué hacía?

—El gran visir, que era hombre de pocos alcances, no sabía tampoco qué partido tomar. Todos volvían los ojos al gran Tamerlán, insigne guerrero y conquistador, que habían enviado sus tropas a aquel imperio como paso para un pequeño reino que deseaba conquistar. En él creían ver un salvador el padre y el hijo y la sultana y el gran visir; mas como no es posible que el gran Tamerlán les favorezca a todos a un tiempo, es seguro que alguno ha de equivocarse.

—Y por último, ¿a quién favoreció ese señor guerrero?