—Eso está en el final de la historia que no he leído todavía —contestó Amaranta—; pero creo que no tardaré en conocer el desenlace, y entonces podré contártelo.
—Pues digo y repito, que si el gran visir hubiera gobernado bien a los pueblos, como los gobernaría quien yo me sé, nada de eso habría pasado. Haciendo justicia como Dios manda, esto es, castigando a los malos y premiando a los buenos, es imposible que el imperio hubiese venido a tales desdichas.
—Pero eso ahora no nos importa gran cosa —dijo Amaranta—, y vamos a nuestro asunto.
—Sí, señora —respondí con calor—; ¿qué importan todos los imperios del mundo?
Al decir esto, creyendo que mis palabras eran frigidísima expresión de lo que yo sentía, crucé las manos en la actitud más patética que me fue posible, y dando rienda suelta a la ardorosa exaltación que inflamaba mi cabeza, la expresó en palabras como mejor pude, exclamando así:
—¡Ah, señora condesa! Yo no solo os respeto como el más humilde de vuestros criados, sino que os adoro, os idolatro, y no os enojéis conmigo si tengo el atrevimiento de decíroslo. Arrojadme de vuestro lado, si esto os desagrada, aunque con esto conseguiríais hacer de mí un muchacho desgraciado, pero de ningún modo que dejase de amaros.
Amaranta se rio de mis aspavientos y dijo:
—Bueno, me gusta tu adhesión. Veo que podré contar contigo. En cuanto a tus cualidades intelectuales también las creo atendibles. Pepa me ha encomiado mucho tu facultad de observación. Parece que tienes una extraordinaria aptitud para retener en la memoria los objetos, las fisonomías, los diálogos y cuanto impresiona tus sentidos, pudiendo referirlo después puntualísimamente. Esto unido a tu discreción, hace de ti un mozo de provecho. Si a tantas prendas se añade el respeto y amor a mi persona, de tal modo que lo sacrifiques todo a mí, y a nadie revelas lo que hagas en mi servicio...
—¡Yo revelar, señora! Ni a mi sombra, ni a mis padres, si los tuviera, ni a Dios...
—Además —añadió, clavando en mí sus ojos de un modo que me mareaba—, tú eres un chico que sabe disimular.