—¡Ah! confieso mi necedad —exclamé—. Confieso que, alucinado por mi disparatada imaginación, tuve locos y ridículos pensamientos, aunque ahora caigo en que deben ser propios de mi propia edad e ignorancia. Es verdad que yo creía que tonto y vano y humilde como soy, podría imitar a otros muchos en su inmerecido encumbramiento. Tanto he oído hablar de la buena fortuna de algunos necios, que dije: «Pues precisamente todos los necios tienen buena fortuna.» Pero para conseguir esto, yo me representaba medios nobles y decentes, y decía: «¿Quién me quita a mí de llegar a ser lo que otros son? De ellos me diferenciaré en que si algún día tengo poder, he de emplearlo en hacer bien, premiando a los buenos y castigando a los malos, haciendo todas las cosas como Dios manda, y como me dice el corazón que deben hacerse.» Nunca pensé ser hombre de fortuna de otra manera, y si pensé en la necesidad de hacer algo malo, creí que sería de eso que no deshonra, tal y como desafiarse, amar a una dama en secreto sin decírselo a nadie, reventar siete caballos por ir de aquí a Aranjuez para traer una flor, matar a los enemigos del Rey, y otras cosas por el mismo estilo.

—¡Ah! esos tiempos pasaron —dijo Amaranta riendo de mi simplicidad—. Veo que tienes sentimientos elevados; pero ya no se trata de eso. Tus escrúpulos se irán disipando cuando a las dos semanas de estar a mi servicio conozcas las ventajas de vivir aquí. Además, esto te proporcionará en adelante la satisfacción de hacer el bien a muchos que lo soliciten.

—¿Cómo?

—¡Oh! muy fácilmente. Mi doncella ha conseguido en esta semana dos canonjías, un beneficio simple y una plaza de la contaduría de espolios y vacantes.

—Pues qué —pregunté con el mayor asombro—, ¿las criadas nombran los canónigos y los empleados?

—No, tontuelo; los nombra el ministro; pero ¿cómo puede desatender el ministro una recomendación mía, ni cómo he de desatender yo a una muchacha que sabe peinarme tan bien?

—Un amigo mío, muy respetable, está solicitando desde hace catorce años un miserable destino, y aún no lo ha podido conseguir.

—Dime su nombre y te probaré que, aun sin quererlo, ya comienzas a ser un hombre de influencia.

Díjele el nombre del padre Celestino del Malvar, con la plaza que pretendía, y ella apuntó ambas cosas en un papel.

—Mira —dijo después señalándome sus cartas—: son tantos los negocios que traigo ahora entre manos, que no sé cómo podré despacharlos. La gente de fuera ve a los ministros muy atareados, y dándose aire de personas que hacen alguna cosa. Cualquiera creería que esos personajes cargados de galones y de vanidad sirven para algo más que para cobrar sus enormes sueldos; pero no hay nada de esto. No son más que ciegos instrumentos y maniquíes que se mueven a impulsos de una fuerza que el público no ve.