—¿Pero cree usía —dije, tratando de poner orden en mis ideas— que en esa ocupación no perderé la dignidad que, según dicen, debe tener todo aquel que aspira a ocupar en el mundo una posición honrosa?

—Tú no sabes lo que te dices —me contestó, moviendo con donaire su hermosa cabeza—. Al contrario: lo que te propongo será la mejor escuela para que vayas aprendiendo el arte de medrar. El espionaje aguzará tu entendimiento, y bien pronto te encontrarás en disposición de medir tus armas con los más diestros cortesanos. ¿Tú has pensado que podrías ser hombre de pro sin ejercitarte en la intriguilla, en el disimulo y en el arte de conocer los corazones?

—¡Señora —repuse—, qué escuela tan espantosa!

—Es indudable que te pintas solo para observarlo todo, y que sabes dar cuenta de cuanto ves de un modo asombroso. Esto, y algo que he notado en ti, me ha hecho creer que eras un muchacho de facultades. ¿No dices que tienes ambición?

—Sí señora.

—Pues para medrar en los palacios no hay otro camino que el que te propongo. Supongamos que desempeñas satisfactoriamente la comisión indicada: en este caso volverás a mi lado y serás mi paje. Casi siempre vivo en palacio: ya ves si tienes ocasión de lucirte. Un paje puede entrar en muchas partes; un paje está obligado a ser galán de las doncellas, de las camaristas y damas de palacio, lo cual le pone en disposición de saber secretos de todas clases. Un paje que sepa observar, y que al mismo tiempo tenga mucha reserva y prudencia, junto con una exterioridad agradable, es una potencia de primer orden en palacio.

Tales razones me tenían confundido de tal modo que no sabía qué contestar.

—¡Cuántos hombres insignes ves tú por ahí que empezaron su carrera de simples pajes! Paje fue el marqués Caballero, hoy Ministro de Gracia y Justicia, y pajes fueron otros muchos. Yo me encargaré de sacarte una ejecutoria de nobleza, con la cual y mi valimiento podrás entrar después en la guardia de la real persona. Esta sería una nueva faz de tu carrera. Un paje puede escurrirse tras una cortina para oír lo que se dice en una sala, un paje puede traer y llevar recados de gran importancia, un paje puede recibir de una doncella secretos de estado; pero un guardia puede aún mucho más, porque su posición es más interior. Si tiene las cualidades que adornaron al paje, su poder es extraordinario: puede bienquistarse con damas de la corte, que siempre son charlatanas, puede hacerse un sinnúmero de amigos en estas regiones, diciendo aquí lo que oyó más allá, adornando las noticias a su modo y pintando los hechos como le convenga. Tiene el guardia una ventaja que no poseen los reyes mismos, y es que estos no conocen más que el palacio en que viven, razón por la cual casi nunca gobiernan bien, mientras aquel conoce el palacio y la calle, la gente de fuera y la de dentro, y esta ciencia general le permite hacerse valer en una parte y otra, y pone en sus manos un número infinito de resortes. El hombre que lo sabe manejar aquí es más poderoso que todos los poderosos de la tierra, y silenciosamente, sin que lo adviertan esos mismos que por ahí se dan tanto tono llamándose ministros y consejeros, puede llevar su influjo hasta los últimos rincones del reino.

—¡Señora! —exclamó—. ¡Cuán distinto es todo esto de como yo me había figurado!

—A ti —añadió— te parecerá que es o no es bueno. Pero así lo hemos encontrado, y puesto que no está en nuestra mano reformarlo, siga como hasta aquí.