—¿Y con qué objeto? —pregunté algo desconcertado, no comprendiendo por qué me quería convertir en inquisidor.

—El objeto no te importa —contestó mi dueña—. Además (y esto es lo principal), en el teatro has de vigilar perfectamente a Isidoro Máiquez, y siempre que este te dé alguna carta amorosa para tu ama, me la traerás a mí primero, y después de enterarme de ella, te la devolveré.

Estas palabras me dejaron perplejo, y creyendo no haber comprendido bien su misterioso sentido, roguela que me las explicara.

—Oye bien otra cosa —prosiguió—. Lesbia continúa en relaciones con Isidoro, aunque ama a otro, y yo sé que cuando ella vuelva a Madrid, se darán cita en casa de la González. Tú observarás todo lo que allí pase, y si consigues con tu ingenio y travesura, que sí lo conseguirás, hacerte mensajero de sus amores, y siéndolo, me tienes al tanto de todo, me harás el mayor servicio que hoy puedo recibir, y no tendrás que arrepentirte.

—Pero... pero... no sé cómo podré yo... —dije lleno de confusiones.

—Es muy fácil, tontuelo. Tú vas al teatro todas las tardes. Procura que la duquesa te crea un chico servicial y discreto, ofrécete si es preciso a servirla, haz ver a Isidoro que no tienes precio para llevar un recado secreto, y los dos te tomarán por emisario de sus amores. En tal caso, cuando cojas una esquela amorosa del uno o del otro, me la traes, y punto concluido.

—Señora —exclamé, sin poder volver de mi asombro—, lo que usía exige de mí, es demasiado difícil.

—¡Oh! ¡Qué salida! Pues me gusta la disposición del chico. ¿Y aquello de te amo y te adoro...? ¿Pero te has vuelto tonto? Lo que ahora te mando no es lo único que exijo de ti. Ya sabrás lo demás. Si en esto que es tan sencillo, no me obedeces, ¿cómo quieres que haga de ti un hombre respetable y poderoso?

Aún pensaba yo que el papel que Amaranta quería hacerme representar a su lado, no era tan bajo ni tan vil como de sus palabras se deducía, y aún le pedí nuevas explicaciones, que me dio de buen grado, dejándome, como dice el vulgo, completamente aplastado. La proposición de Amaranta, me arrojó desde la cumbre de mi soberbia a la profunda sima de mi envilecimiento.

No era posible, sin embargo, protestar contra este, y tenía necesidad de afectar servil sumisión a la voluntad de mi ama. Yo mismo me había dejado envolver en aquellas redes; era preciso salir de ellas escapándome astutamente por una malla rota, y sin intentar romperla con violencia.