La situación de mi espíritu era indefinible. Un frío glacial invadió mi pecho, como si una hoja de finísimo acero lo atravesara. La brusca y rápida mudanza verificada en mis sensaciones respecto de Amaranta era tal, que todo mi ser se estremeció sintiendo vacilar sus ignorados polos, como un planeta cuya ley de movimiento se trastorna de improviso. Amaranta era, no una mujer traviesa e intrigante, sino la intriga misma, era el demonio de los palacios, ese temible espíritu, por quien la sencilla y honrada historia parece a veces maestra de enredos y doctora de chismes; ese temible espíritu que ha confundido a las generaciones, enemistado a los pueblos envileciendo lo mismo las monarquías que las repúblicas, lo mismo los gobiernos despóticos que los libres; era la personificación de aquella máquina interior, para el vulgo desconocida, que se extendía desde la puerta de palacio hasta la cámara del Rey, y de cuyos resortes por tantas manos tocados, pendían honras, haciendas, vidas, la sangre generosa de los ejércitos y la dignidad de las naciones; era la granjería, la realidad, el cohecho, la injusticia, la simonía, la arbitrariedad, el libertinaje del mando, todo esto era Amaranta; y sin embargo, ¡cuán hermosa! Hermosa como el pecado, como las bellezas sobrehumanas con que Satán tentaba la castidad de los padres del yermo, hermosa como todas las tentaciones que trastornan el juicio al débil varón, y como los ideales que compone en su iluminado teatro la embaucadora fantasía, cuando intenta engañarnos alevosamente cual a chiquitines que creen ciertas y reales las figuras de magia.

Una luz brillante me había deslumbrado; quise acercarme a ella y me quemé. La sensación que yo experimentaba, era, si se me permite expresarlo así, la de una quemadura en el alma.

Cuando se fue disipando el aturdimiento en que me dejó mi ama, sentí una viva indignación. Su hermosura misma, que ya me parecía terrible, me compelía a apartarme de ella. «Ni un día más estaré aquí; me ahoga esta atmósfera y me da espanto esta gente», exclamé dando paseos por la habitación y declamando con calor, como si alguien me oyera.

En el mismo momento sentí tras la puerta ruido de faldas, y el cuchicheo de algunas mujeres. Creí que mi ama estaría de vuelta. La puerta se abrió y entró una mujer, una sola: no era Amaranta.

Aquella dama, pues lo era, y de las más esclarecidas a juzgar por su porte distinguidísimo, se acercó a mí y preguntó con extrañeza:

—¿Y Amaranta?

—No está —respondí bruscamente.

—¿No vendrá pronto? —dijo con zozobra, como si el no encontrar a mi ama fuese para ella una gran contrariedad.

—Eso es lo que no puedo decir a usted. Aunque sí... ahora caigo en que dijo volvería pronto —contesté de muy mal talante.

La dama se sentó sin decir más. Yo me senté también y apoyé la cabeza entre las manos. No extrañe el lector mi descortesía, porque el estado de mi ánimo era tal, que había cobrado repentino aborrecimiento contra toda la gente de Palacio y ya no me consideraba criado de Amaranta.