La dama, después de esperar un rato, me interrogó imperiosamente:
—¿Sabes dónde está Amaranta?
—He dicho que no —respondí con la mayor displicencia—. ¿Soy yo de los que averiguan lo que no les importa?
—Ve a buscarla —dijo la dama—, no tan asombrada de mi conducta como debiera estarlo.
—Yo no tengo que ir a buscar a nadie. No tengo que hacer más que irme a mi casa.
Yo estaba indignado, furioso, ebrio de ira. Así se explican mis bruscas contestaciones.
—¿No eres criado de Amaranta?
—Sí y no... pues...
—Ella no acostumbra a salir a estas horas. Averigua dónde está y dile al instante que venga —dijo la dama con mucha inquietud.
—Ya he dicho que no quiero, que no iré, porque no soy criado de la condesa —respondí—. Me voy a mi casa, a mi casita, a Madrid ¿Quiere usted hablar a mi ama? pues búsquela por Palacio. ¿Han creído que soy algún monigote?