La dama dio tregua por un momento a su zozobra para pensar en mi descortesía. Pareció muy asombrada de oír tal lenguaje, y se levantó para tirar de la campanilla. En aquel momento me fijé por primera vez atentamente en ella, y pude observar que era poco más o menos, de esta manera.

Edad que pudiera fijarse en el primer período de la vejez, aunque tan bien disimulada por los artificios del tocador, que se confundía con la juventud, con aquella juventud que se desvanece en las últimas etapas de los cuarenta y ocho años. Estatura mediana y cuerpo esbelto y airoso, realzado por esa suavidad y ligereza de andar que, si alguna vez se observan en las chozas, son por lo regular cualidades propias de los palacios. Su rostro bastante arrebolado no era muy interesante, pues aunque tenía los ojos hermosos y negros, con extraordinaria viveza y animación, la boca la afeaba bastante, por ser de estas que con la edad se hienden, acercando la nariz a la barba. Los finísimos, blancos y correctos dientes no conseguían embellecer una boca que fue airosa, si no bella, veinte años antes. Las manos y brazos, por lo que de estos descubría, advertí que eran a su edad las mejores joyas de su persona y las únicas prendas que del naufragio de una regular hermosura se habían salvado incólumes. Nada notable observé en su traje, que no era rico, aunque sí elegante y propio del lugar y la hora.

Abalanzose, como he dicho, a tirar de la campanilla, cuando de improviso y antes de que aquella sonase, se abrió de nuevo la puerta y entró mi ama. Recibiola la visitante con mucha alegría, y no se acordaron más de mí, sino para mandarme salir. Retireme, pasando a la pieza inmediata, por donde debía dirigirme a mi cuarto, cuando el contacto del tapiz, deslizándose sobre mi espalda al atravesar la puerta, despertó en mí la olvidada idea de las escuchas y el espionaje que Amaranta me había encargado. Detúveme, y el tapiz me cubrió perfectamente; desde allí se oía todo con completa claridad.

Hice intención de alejarme para no incurrir en las mismas faltas que tan feas me parecían; pero la curiosidad pudo más que todo y no me moví. Tan cierto es que la malignidad de nuestra naturaleza puede a veces más que todo. Al mismo tiempo el rencorcillo, el despecho, el descorazonamiento que yo sentía, me impulsaban a ejercer sobre mi ama la misma pérfida vigilancia que ella me encomendaba sobre los demás. «¿No me mandas aplicar el oído? —dije para mí, recreándome en mi venganza—. Pues ya lo aplico.»

La dama desconocida había proferido muchas exclamaciones de desconsuelo, y hasta me pareció que lloraba. Después, alzando la voz, dijo con ansiedad:

—Pero es preciso que en la causa no aparezca Lesbia.

—Será muy difícil eliminarla, porque está averiguado que ella era quien trasmitía la correspondencia —contestó mi ama.

—Pues no hay otro remedio —continuó la dama—. Es preciso que Lesbia no figure para nada, ni preste declaraciones. Yo no me atrevo a decírselo a Caballero; pero tú con habilidad puedes hacerlo.

—Lesbia —dijo Amaranta—, es nuestro más terrible enemigo. La causa del Príncipe ha sido en su vil carácter un pretexto más bien que una causa para hostilizarnos. ¡Qué de infamias cuenta, qué de absurdos propala! Su lengua de víbora no perdona a quien ha sido su bienhechora y también se ensaña conmigo, de quien ha contado horrores.

—Contará lo de marras —repuso la dama de la boca hendida—. Tú cometiste la gran falta de confiarle aquel secreto de hace quince años, que nadie sabía.