—Es verdad —dijo mi ama meditabunda.

—Pero no hay que asustarse, hija —añadió la otra—. La enormidad y el número de las faltas supuestas que nos atribuyen nos sirve de consuelo y de expiación por las que realmente hayamos cometido, las cuales son tan pocas, comparadas con lo que se dice, que casi no debe pensarse en ellas. Es preciso que Lesbia no aparezca para nada en la causa. Adviérteselo a Caballero; mañana podrían prenderla, y si declara, puede vengarse mostrando pruebas terribles contra mí. Esto me tiene desesperada: conozco su descaro, y la creo capaz de las mayores infamias.

—Ella es dueña sin duda de secretos peligrosos, y quizás conserve cartas o algún objeto.

—Sí —respondió con agitación la desconocida—. Pero tú lo sabes todo: ¿a qué me lo preguntas?

—Entonces con harto dolor de mi corazón, le diré a Caballero que la excluya de la causa. La pícara se jactaba ayer aquí mismo de que no pondrían la mano sobre ella.

—Ya se nos presentará otra ocasión... Dejarla por ahora. ¡Ah! bien castigada está mi impremeditación. ¿Cómo fui capaz de fiarme de ella? ¿Cómo no descubrí bajo la apariencia de su amena jovialidad y ligereza, la perfidia y doblez de su corazón? Fui tan necia que su gracia me cautivó; la complacencia con que me servía en todo acabó de seducirme, y me entregué en cuerpo y alma a ella. Recuerdo cuando las tres salíamos juntas de palacio en aquella breve temporada que pasamos en Madrid hace cinco años. Pues después he sabido que una de aquellas noches, avisó a cierta persona el punto a donde íbamos, para que me viera, y me vio... Nosotros no advertimos nada; no conocimos que Lesbia nos vendía; y hasta mucho después no descubrí su falsedad por una singular coincidencia.

—Ese estúpido y presuntuoso Mañara —dijo mi ama—, le ha trastornado el juicio.

—¡Ah! ¿no sabes que en el cuerpo de guardia se ha jactado ese miserable de que ha sido amado por mí, añadiendo que me despreció? ¿Has visto? ¡Si yo jamás he pensado en semejante hombre, ni creo haber siquiera reparado en él! ¡Ay, Amaranta! Tú eres joven aún; tú estás en el apogeo de la hermosura; sírvate de lección. Cada falta que se comete, se paga después con la vergüenza de las cien mil que no hemos cometido y que nos imputan. Y ni aun en la conciencia tenemos fuerzas para protestar contra tantas calumnias, porque una sola verdad entre mil calumnias nos confunde, mayormente si nos vemos acusadas por nuestros propios hijos.

Al decir esto me pareció que lloraba. Después de una breve pausa, Amaranta continuó así la conversación:

—Ese necio Mañara, que no sabe hablar más que de toros, de caballos y de su nobleza, ha tenido el honor de cautivar a Lesbia; tal para cual... Él es quien la ha inducido a andar en tratos con los del Príncipe, y entre los dos se han encargado de la trasmisión de la correspondencia.